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Políticas Educativas

Los niños invisibles

Luzmila tiene dos años. No sabe qué pasa en casa, en Tebujo, Comarca Ngäbe Buglé. Hay que esperar que les lleven la comida. Nadie juega con ella. Nadie le habla. Sonríe a sus padres. Balbucea ”Manchi, tada mä tare tikwe” (Mamá, papá, te quiero) .”Mrö nibi tie” (Tengo hambre). “Ti töni jadaikä” (Quiero jugar). No sabe qué ocurre. Nadie ofrece de vuelta un “te quiero”. Luzmila, con dos años, sufre.

La historia de Luzmila es el drama de miles de niños y niñas en Panamá. Son los que no pueden protestar en las calles, los que no participan en las redes sociales, los que no tienen quién los defienda: son los invisibles.

Nuestro país está en mora de respuestas a las preguntas de Luzmila. Pareciera que la atención, los juegos infantiles y las actividades recreativas son naturales a la infancia. El 15.9% del Índice de Pobreza Multidimensional de Niños, Niñas y Adolescentes (2018) se atribuye a la falta de atención, juegos infantiles y actividades recreativas en niños y niñas de 0 a 9 años. Su impacto es mayor a la falta de educación temprana (13.7%). Si, además, son los más pobres y vulnerables, los más afectados, se violarían normas internacionales y la propia Constitución.

Es una paradoja que el Panamá moderno, con el Producto Interno Bruto per cápita más alto de América Latina, esconde inequidades que deben ser motivo de vergüenza ajena para todos. Unicef nos advierte de la gravedad del escenario en su publicación “Situación de los Derechos de la Niñez en Panamá” de 2019, cuando resalta que, según proyecciones poblacionales, en 2018 había 444,418 niños y niñas entre 0 a 5 años, de los cuales 296,288 tenían entre de 0 a 3 años y 148,130, entre 4 a 5 años. Es dramático que las ofertas de atención entre 0 y 3 años sólo cubren el 2.7% de los niños. Si a eso, aunamos que nuestros niños y niñas tienen hambre, debemos actuar pronto y bien.

El 16,3% de los niños y niñas menores de 5 años, tienen baja talla y peso. Este retraso en el crecimiento tiene impacto permanente. Si no los alimentamos, no los cuidamos, no garantizamos su seguridad física, emocional y mental, en tiempos normales, analicemos la hecatombe en pandemia.

Imaginemos qué pasa en casa de Luzmila. Cómo se magnifica el hambre, el temor y el dolor en Luzmila y en miles de niños y niñas vulnerables, cuyo grito de protesta es el silencio. Como sociedad, nuestro deber legal, moral y ético es velar por su bienestar.

Urgen nuestras respuestas. La crisis es coyuntural; los impactos son para toda la vida. Generaciones completas están en riesgo. Si actuamos ahora, lograremos que, con condiciones apropiadas de crecimiento y desarrollo, los niños y niñas menores de cinco años mejoren su rendimiento académico; disminuiremos la deserción escolar; aseguraremos que tengan más ingresos futuros y haya menor riesgo que incurran en conductas criminales.

Es nuestro deber diseñar e implementar políticas preventivas y compensatorias para resguardar a los niños y niñas de los efectos económicos y sociales de la COVID-19. De hacerlo, sería posible prevenir una tragedia que arrastraría a generaciones.

Aprovechemos que recién fue sancionada la Ley de Primera Infancia, para su protección integral y desarrollo temprano. La ley tiene como meta, el interés superior del menor. El Estado está obligado a velar por cada niño y niña, más allá de la responsabilidad de los padres. Es apremiante que la ley sea reglamentada y garantizados los recursos necesarios, cerciorándonos en focalizar esfuerzos.

En esta emergencia, debemos asegurar los nutrientes básicos, los servicios sociales de acompañamiento y la estimulación infantil de los niños. Para lograrlo, proponemos una estrategia basada en campañas con énfasis en: 1. Atención focalizada en la ubicación de los niños y niñas vulnerables, a través de los datos del Tribunal Electoral, que asegure nutrición adecuada y seguimiento de salud (peso, talla y vacunas). 2. Promoción de cuidados en casa para ofrecer a nuestros niños y niñas, atención, recreación, juegos y estímulo apropiado. 3. Formación de madres, familias y cuidadores que les permita apoyar a los niños y niñas desde casa. 4. Giras permanentes a áreas de difícil acceso para cerciorarnos del estado de nuestros niños y niñas y hacer las intervenciones necesarias

Los primeros mil días de la vida de los niños y niñas determinan si habrá o no un final feliz a su historia. 1 de cada 3 niños panameños es pobre.

Tú, que me lees, también es tu problema. No se vale mirar para otro lado. Estamos en deuda. Paguemos con intereses acumulados. “Kwin krubäte” (Muy bien), dirá Luzmila y miles de niños y niñas, en agradecimiento.

La Autora es miembro del Grupo Panamá-Haití Líderes en Educación: movilizando políticas educativas efectivas BID


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