¡Magnánima es la fecha gloriosa en que los santeños gritaron libertad! En el crepúsculo de aquel 10 de noviembre de 1821, muchos nombres pasarían a la inmortalidad y, su legado, se convertiría en impronta indeleble para la nacionalidad panameña; sin embargo, poco se habla del acta donde los cabildantes santeños dieron a la villa, que se arrulla a la vera del Río de Los Maizales, el título de “Libre Ciudad”.
Pero…¿Quiénes son estos prohombres? ¿Por qué se han mantenido casi en el anonimato y su presencia crucial en la gesta pasa desapercibida en las crónicas del día más insigne de la panameñidad y del santeñismo? Es justo, meritorio e imperante que la historia nacional reconozca sus nombres y devuelva a sus sienes los laureles que también les corresponden. Son los señores capitulares del Grito Santeño: don Julián Chávez Pérez de la Cueva (alcalde), don Salvador Del Castillo y Relux, don José María de los Ríos Rodríguez, don José Antonio Moreno, don José Antonio Salado, don José Catalino Ruiz, don Manuel José Hernández y don Pedro Hernández, quien fungió como secretario. Más que donar una rúbrica, estos loables criollos entregaron con ella sus propias cabezas y el destino de sus familias, pues de haber sido infructuoso el movimiento, hubiese caído sobre sus apellidos el ignominioso título de “traidores” y junto a aquel epíteto, se habría apretado enérgicamente el recio cordel del que eran víctimas quienes conspiraban contra la hegemonía de la corona hispánica. Al suscribir el documento que propugnaba tales ideas, triunfó el ideal del hombre que halló su identidad forjada por 300 años de sol tropical y ósculos salobres del mar; pensamiento con sabor a chicha de junta y argamasa de quincha que asoma entre los tragaluces de su alma campesina, la indiscutible influencia del minifundio que lentamente enarboló su independencia, moldeó su conciencia y le infundió un sentimiento de pertenencia que ha visto florecer sus frutos en la fortaleza que la cultura santeña ha ofrendado al país, sinónimo inequívoco de la grandeza de aquella zona de sabanas y montañas donde late la patria entera al ritmo del tañer de las añosas campanas del templo a San Atanasio. Los cabildantes del 10 de noviembre de 1821 fueron criollos, descendientes de prosapias de hispánico linaje, que supieron deponer sus intereses o caudales en favor de las ideologías bolivarianas y mirandinas que susurraban en los zaguanes santeños la defensa del individuo y el nacimiento de una nueva era iluminada por el astro de la libertad de los hombres y la defensa de sus ideas. Su memoria tuvo que aguardar hasta que Ernesto J. Nicolau, en 1928 redescubre el acta y rescata de las sombras a quienes promulgaron “El Grito de La Villa” en su obra homónima editada en 1961.
Chávez, Del Castillo, De Los Ríos, Moreno, Salado, los Hernández y más, son personajes que urge rescatar de la vitrina silente del Museo de la Nacionalidad. Estos prohombres, al igual que el ícono libertario de Rufina, el liderazgo de don Segundo de Villarreal son merecedores del pedestal al que la patria eleva a sus hijos más ilustres y bien amados.
A las puertas del Bicentenario, recae en la generación del nuevo milenio y las redes sociales, la tarea obligatoria de devolver a estos ciudadanos insignes al sitial que el tisú de la historia tiene reservado para cobijarles bajo la majestad de la bandera panameña y la libertaria ensoñación del pabellón santeño, que con su azul, amarillo y rojo nos reclama la imperiosa necesidad de hacer justicia, reconocer y divulgar con honor la gloria que se adjudicaron estos notables patricios al estampar sus rúbricas con áureas letras para la posteridad. ¡Loor a los próceres santeños que firmaron el acta inmortal del 10 de noviembre de 1821! ¡La patria reclama sus nombres y los hijos del siglo XXI debemos recordarles con fervor y renovado pundonor!
El autor es miembro del Patronato 10 de noviembre