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Los tres grandes tipos de antivacunas

Los tres grandes tipos de antivacunas
Las regulaciones vigentes y los estudios requeridos actualmente hacen que la seguridad de las vacunas sea muy alta. Elysée Fernández.

Existen muchas razones por las que una persona puede elegir no aplicarse una vacuna. Para un médico, como yo, cuyo trabajo diario es diagnosticar y tratar personas con infecciones, la primera reacción hacia tal elección es usualmente de sorpresa. ¿Por qué rechazar la oportunidad de evitar una enfermedad potencialmente fatal, con una simple inyección? ¿Por qué oponerse a una de las intervenciones médicas más seguras y efectivas? Resulta que los sentimientos antivacunas son casi tan viejos como las vacunas.

Y es que hay que reconocerlo: a lo largo de la historia no todas las vacunas han sido perfectas. Entre decenas de vacunas exitosas, también se han desarrollado vacunas que, en efecto, han resultado tener consecuencias inesperadas. Y aún algunas vacunas utilizadas actualmente pueden causar, afortunadamente en muy raras ocasiones, afecciones graves. Sin embargo, a lo largo de los años, mucho se ha aprendido sobre cómo desarrollar y evaluar una vacuna y cómo seleccionar el tipo de vacuna adecuada para cada edad y condición. Las regulaciones vigentes y los estudios requeridos actualmente hacen que la seguridad de las vacunas sea muy alta.

Pero volviendo a mi pregunta inicial, ¿cómo entender a los que rechazan las vacunas? Bueno, una forma es clasificar a los antivacunas basándonos en sus motivaciones. Aunque pueda ser una sobresimplificación, se habla de que éstos pueden agruparse en tres grupos.

El primero de ellos lo constituyen los escépticos, personas que son por naturaleza incrédulos, que dudan de todo, que no creen en algo fácilmente. Que quizás, al no estar familiarizados con los procesos para el desarrollo y aprobación de una vacuna, desconfían de su eficacia y de su seguridad. O personas que simplemente no creen en la ciencia.

Este es el tipo de personas que dice: “voy a esperar que muchos se vacunen antes de vacunarme” o “leí que a una persona le pusieron la vacuna y se murió, yo ni loco me vacuno”. Este primer grupo es probablemente el más numeroso. Y sus motivos, a decir verdad, son hasta cierto punto legítimos y comprensibles. Una buena dosis de escepticismo es saludable, pero llevar esta cualidad al extremo puede ser peligroso.

En el espectro más radical de este grupo está una minoría que creen en teorías conspirativas, demonizan a los fabricantes de vacunas o presuponen que, por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud persigue objetivos nefarios. Y, por supuesto, hay los que con prodigiosa imaginación hasta piensan que con las vacunas te colocan un chip para que Bill Gates pueda vigilarte día y noche. Como si Bill no tuviese mejores cosas que hacer con su tiempo.

El segundo grupo lo constituyen personas que han asociado causalmente (de causa y no de casual) alguna enfermedad ocurrida a un hijo u otro familiar cercano con la aplicación de una vacuna. A estas personas por lo general es muy difícil convencerlas de que no hay relación entre la vacuna y el padecimiento. Sin embargo, y con frecuencia, buscan a otras personas que hayan tenido la misma experiencia o leen en internet artículos que refuerzan su creencia y, por otro lado, ignoran cualquier evidencia que contradiga lo que piensan. Hay muchísimos de estos grupos en las redes sociales, en muchos países, y que le achacan a la vacuna toda una variedad de enfermedades o consecuencias que simplemente no tienen evidencia científica.

Recuerdo la historia de una pediatra que se alistaba para vacunar a un niño pequeño, cuando en ese momento, el niño presenta una convulsión generalizada, que luego resultó ser la primera manifestación de una enfermedad neurológica severa. Se imaginan si la pediatra hubiese vacunado al niño y la convulsión hubiese ocurrido unos minutos, horas o días después de la vacuna. La madre muy probablemente hubiese asumido que su niño, hasta ese momento totalmente sano, tuvo la convulsión y la enfermedad subsiguiente por la vacuna. Para ella sería más que obvio. Cuan difícil hubiese sido cambiar la opinión de esa madre. Bueno, esa situación es muy, muy frecuente. Niños que han desarrollado autismo y muchas otras enfermedades, tienen desafortunadamente padres y otros familiares convencidos de que la asociación temporal es una asociación causal con algunas de las vacunas administradas.

El tercer grupo es nocivo y deplorable. Son personas que obtienen algún rédito o beneficio de diseminar información falsa en contra de las vacunas. Este grupo, por lo general, lucra de la venta de algún producto o tratamiento “natural” diseñado para “reforzar” el sistema inmunológico, o bien se mueven por motivos políticos o ideológicos, y sus manifestaciones antivacuna son parte de un sistema más elaborado y complejo. Este tercer grupo generalmente se aprovecha de los miembros de los dos primeros grupos y los reclutan a su movimiento. Por lo general, publican información sobre lo peligrosas que son las vacunas o sus componentes, y son hábiles usuarios de las redes sociales y los medios de comunicación.

Naturalmente, los trabajadores de la salud debemos diseñar e implementar intervenciones dirigidas a orientar a los que requieren más información para tomar la decisión de vacunarse. Armarnos de paciencia y compasión con los que están convencidos de que las vacunas han afectado la salud de sus seres queridos y, aunque sea difícil, tratar de ayudarlos a cambiar de opinión. Y finalmente, denunciar públicamente a los que, ex profeso y en busca de beneficio personal, manipulan y tergiversan la información sobre la eficacia y seguridad de las vacunas.

El autor es médico, especialista en enfermedades infecciosas


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