Civilización

Los virus no son malos, la gente sí

Suelen haber mucho más muertes por acción de las guerras y conflictos bélicos que por la propagación de virus y bacterias. Somos capaces de inventar armas que hacen sufrir y aniquilan todo rastro de vida humana sin dañar las estructuras y cuyos efectos perduran por décadas. Usando como excusa el progreso las grandes potencias han contaminado el ambiente y destruido ecosistemas pese al grito desgarrador de los ambientalistas de todos los confines planetarios quienes han presagiado por décadas un desastre mundial producto del calentamiento global.

Hasta que una hambruna mundial nos arrope, los defensores del progreso seguirán talando los bosques, contaminando el aire, propagando agentes químicos letales a nuestra salud y experimentando con armas biológicas para algún día borrar de nuestro mundo todo vestigio de vida. Para esto no estamos preparados a pesar de que lo vemos y lo seguimos apreciando en infinidad de películas que hemos catalogado de ciencia ficción sin saber realmente la línea muy delgada que existe entre la imaginación y la realidad. La pandemia producida por el coronavirus nos ha demostrado que sus efectos se propagan mucho más rápido que la respuesta que podamos tener los seres humanos ante su aparición y expansión.

Los virus y las bacterias siempre han estado presentes en nuestro entorno, puesto que son formas de vida que son tomadas en cuenta una vez entran en contacto con otro tipo de organismos incluyendo el nuestro produciendo trastornos de salud. Lo que verdaderamente han necesitado éstos micro organismos es un puente que los conduzca hacia nuestro sistema sanguíneo. El salto de un virus proveniente de un animal hacia un ser humano no debe ser fácil pero tampoco imposible. Solo se requiere de las condiciones adecuadas presentes en la cercanía que tengamos con estas especies y la forma de consumirlas.

Muchas sociedades occidentales han denunciado el consumo de perros y gatos en China y países vecinos, sin embargo la respuesta de estos es que se debe a un “asunto cultural”. La caza de animales exóticos y su posterior venta para consumo no obedece a la necesidad real de alimentación, sino a la presión que promueven los mitos urbanos sobre la cura de enfermedades y potenciación sexual. Esto explica la existencia de un mercado negro que genera millones de dólares y todo alimentado por cuentos y leyendas ancestrales que son los que verdaderamente le hacen daño al equilibrio de nuestros ecosistemas.

Existen quienes tratan de sustentar prácticas nocivas invocando costumbres tradicionales. Pero da la casualidad que muchas costumbres se han tenido que adecuar a las sugerencias de un mundo racional y científico precisamente porque son lesivas a nuestra integridad física. Rituales de canibalismo y “brujería” han tenido que ser eliminados pues hace mucho nos dimos cuenta que los huracanes y los terremotos no son expresiones de un Dios malhumorado por falta de sacrificios humanos sino la conducta natural del planeta.

Muchos le achacan toda la culpa a un virus que ocasiona pandemia, pero no vemos las acciones egoístas y poco solidarias que las mismas generan. Aparecen los mercaderes inescrupulosos que pretenden hacer ganancias con las desgracias colectivas aumentando los precios de los productos que tienden a escasearse. Hasta el último momento no dejamos de ser empáticos con nuestros propios semejantes. Les ha dolido a muchos organizadores de ferias y eventos artísticos más las pérdidas económicas que las necesidades de contra restar la propagación de una enfermedad que tiende a cobrar más víctimas a medida que pasan los días.

Si fuésemos discípulos de las “supercherías” pudiéramos afirmar que la naturaleza se cansó de nuestros vejámenes y encolerizada por nuestras malas prácticas mandó a un virus como intermediario para mantenernos en casa, alejados de los ríos, mares y bosques donde nuestra presencia ha sido más perniciosa que la impuesta por los virus. Con el transcurrir de las cuarentenas, las aguas de muchos ríos en el mundo se han vuelto más cristalinas y la basura que pululaba en áreas verdes empieza a descender.

Increíble que los cercos sanitarios sean beneficiosos para la naturaleza y la pureza del aire que nosotros no hemos sabido respetar y apreciar, agregando que hemos sido más dañinos hacia ellos que otros agentes patógenos.

El autor es sociologo y docente panameño

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