Impresiona la repercusión que está teniendo en Estados Unidos el intento de atentado contra un avión, procedente de Ámsterdam, cuando se disponía a aterrizar en Detroit el pasado 25 de diciembre.
Para quien pudiera creer que el 11-S era ya una herida cerrada, la reacción ante ese atentado fallido demuestra hasta qué punto está viva en la psique colectiva americana. Toda la lucha contra el terror y sus discutidos métodos, el jihadismo, los fallos y aciertos de la inteligencia, la personalidad y peripecia del terrorista y muchas otras cosas, y desde luego Yemen. Si no fuera por Al Qaeda, Yemen podría continuar siendo uno de los lugares más ignorados del planeta.
Cierto que su localización estratégica en la entrada del mar Rojo, enfilando hacia Suez, le confiere siempre importancia. Antiguamente era la ruta de las especias, que le proporcionaba suficiente riqueza para que los romanos lo denominaran la Arabia Feliz. Esa riqueza hace mucho que se esfumó y posiblemente con ella buena parte de la felicidad. El Yemen es hoy día un país paupérrimo, con un negro futuro. Se está quedando sin agua y sin el poco petróleo que supone la mayor parte de los ingresos del Estado, al tiempo que vive una explosión demográfica: sus actuales 23 millones de habitantes podrían llegar a 40 en los próximos 20 años.
Su gobierno, formalmente republicano, una rareza en la península arábiga, es de facto una dictadura corrupta que se enfrenta a una rebelión en el norte de la parte occidental, el antiguo Yemen del Norte, antes de que las dos mitades se unieran en 1990. En esa zona fronteriza con Arabia Saudí está en marcha, desde el 94, un levantamiento religioso-tribal, la revuelta Houthi de chiitas que se sienten discriminados por el gobierno de Sanaa y que es vox pópuli que reciben ayuda de Teherán.
No hace falta mucha intuición estratégica para darse cuenta de la pinza en la que los saudíes se sienten atrapados. En el pasado otoño decidieron tomar cartas militares en el asunto y han salido escaldados, toda una parábola de las potencialidades del millonario armado Ejército saudí. Una revelación que estremece a todos sus vecinos y no deja de influir en el equilibrio estratégico de la zona, entre suníes y chiíes, los primeros árabes, los segundos iraníes.
El tercero en discordia, aprovechándose de todas las demás, es Al Qaeda, que con 300 militantes a lo sumo ha puesto tristemente al país en el mapa político mundial. Dio su do de pecho en 2000, con un atentando contra el destructor norteamericano Cole, que le costó la vida a 17 marineros.
Tras una enérgica persecución estadounidense con la anuencia local, se reorganizó a partir de 2006 con participantes de aquel atentado que huyeron de la cárcel, pero también con liberados de Guantánamo, lo que introduce en la ecuación a este presidio de hipertrofiado simbolismo. Y la situación geográfica no es tampoco ajena a la elemental aritmética estratégica. La desastrosa Somalia está justo en frente y más de 200 mil somalíes han buscado refugio en este vecino del norte. La geografía del terrorismo internacional cuenta, pues, con una nueva escena somalo-yemení, para cuyas miserias económico-sociales no hay recursos disponibles en el mundo.