El pasado 4 de mayo, después de una enconada campaña electoral (con cartas cargadas con balas y amenazas), más de 76% de los madrileños acudieron a las urnas. Es el tercer mejor dato de participación en democracia, y eso en plena pandemia. Eligieron a Isabel Diaz Ayuso, del Partido Popular (derecha), con 65 escaños. Ciudadanos (centro) se quedó fuera de la Asamblea de la capital de España, con cero diputados. Podemos (ultra izquierda), con un ex vicepresidente a la cabeza, obtuvo 10 escaños, lo que ha forzado su salida de la política para alivio de muchos. Más Madrid (izquierda moderada comparada con sus ex de Podemos), con una brillante Mónica García, ha superado al PSOE (ambos obtuvieron 24 escaños) por un puñado de votos, sacudiendo los cimientos del socialismo madrileño. Vox (ultra derecha), se convierte en decisivo, con 13 escaños.
La democracia se detiene cuando, al día siguiente de las elecciones, los derrotados no hacen autocrítica e insultan a los que no les han votado, una actitud que revela una concepción de la política muy adolescente y futbolera. La democracia se detiene cuando hablamos de “vivir en libertad ahora que gobernamos nosotros” cuando antes ya gobernaban. La libertad no ha estado comprometida nunca en Madrid, sí lo están la sanidad, la educación y el empleo. Pero nos hemos acostumbrado a abusar de las palabras, despojándolas de su pleno significado. Francisco Umbral abre su novela El socialista sentimental con un verso de Miguel Hernández: “Es la hora sagrada del regreso”. Los madrileños eligieron la derecha; la democracia pone al pueblo por soberano, y este ha decidido, le pese a quien le pese.
Toca a la izquierda despojarse de los atavismos que la lastran y tomarse en serio “la hora del regreso”, si quiere ser alternativa a más de veintiséis años de la derecha en Madrid. Les hace falta más pragmatismo y menos idealismo: parece que esa es la fórmula que convenció al electorado.
El autor es escritor
