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La ‘magia’ de Obama vuelve a fallar

Mucho ruido y pocas nueces: es la sensación que dejó en muchos estadounidenses el papel de su presidente en la cumbre sobre cambio climático celebrada en Copenhague. La “irrupción significativa” de Barack Obama en el encuentro le reportó dos consecuencias en casa: decepción y malicia.

“No se lo puede culpar por que la magia de su persona no haya servido de nada”, dijo con sorna el diputado Joe Barton. Y el conservador resumió así lo que ya pasó por la cabeza de muchos: Obama apostó por su peso personal en Copenhague por segunda vez y, como ya ocurrió durante la elección de la ciudad que albergará los Juegos Olímpicos de 2016, tampoco en esta ocasión le sirvió de mucho.

“Estados Unidos hizo creer al mundo que hablaba de un pacto y mintió a cientos de países al decirles que escuchaba sus preocupaciones”, criticó Kate Horner, de la organización ecologista Friends of the Earth (Amigos de la Tierra), con sede en Washington. La activista habló de una “declaración desdentada”.

Por el contrario, el lobby industrial celebró los magros resultados de la cumbre. Chris Chocola, presidente del Club for Growth (Club para el crecimiento), consideró particularmente “importante” que el fracaso en la firma de un acuerdo vinculante salvó 30 millones de puestos de trabajo. Seguidores de ambas posturas coinciden, sin embargo, en un punto: el supuesto rol de liderazgo autoproclamado por Estados Unidos en materia climática estuvo lejos de confirmarse. Para la mayoría está claro que, en esta cuestión, hay desde hace tiempo otro gigante que lleva la voz cantante: China.

“Apenas podemos esperar para escuchar a Obama contando a los estadounidenses que tendrán que pagar más impuestos para financiar que China ahorre más energía y, con ello, se vuelva más competente”, se burló un comentarista de The Wall Street Journal.

Cuando el debate sobre el clima se traslade de Copenhague a Washington, chocará también aquí con los mismos temores. El Senado aún debe votar la ley del clima con la que Estados Unidos se compromete a reducir la emisión de CO2.

Muchos advierten de que con esa norma Estados Unidos sumará otro lastre a su competitividad con China, un país que, irónicamente, tiene una gran cuota de mercado de tecnologías regenerativas en Estados Unidos.

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