No existe, ni tampoco creo que existirá, instrumento más preciso. Su anatomía es tan compleja como variada la función que soporta. Pero lo que trasciende no es, precisamente, su maravillosa fisiología, sino su finalidad y su símbolo.
La mano del hombre no solo ha servido para empuñar las herramientas, las armas y la pluma. Tres instrumentos que hicieron la Historia. Ella es también el órgano esencial de la caricia. La primera mano que recordamos es la nuestra. Detrás de la bruma primogénita de la memoria, aún cuando el cuerpo huele a madre, a sangre y a líquido amniótico, ese extraño pájaro sin alas que atraviesa la primera luz y que invariablemente hará nido en la boca, es el primer conocimiento que tendremos de nosotros mismos. El del yo externo.
El descubrimiento de esa dualidad personal, la de un yo interior y otro exterior, será el derrotero que hasta más allá del fin de la vida seguirá interrogándonos. La otra mano, aquella que acude cuando el dolor, la angustia o el hambre, nos sacude; esa mano cuya textura y aroma la hace parecer más a una flor que a un ave, la mano de la madre, es la que nunca se olvida, la que hace a nuestra memoria vana.
Para la gestáltica alemana es también un órgano de la fonación. Con ella enfatizamos o amortiguamos el significado emocional de una frase. En tiempo de los romanos bastaba con elevarla al cielo para vivar al César. Mas recientemente, se convirtió en un símbolo de opresión y masacre. Otro César, más profano, estigmatizó el símbolo, a sangre y fuego. En tiempos del martirologio cristiano cuando los gladiadores salían al circo de Roma profiriendo -¡Ave Caesar Imperatur! Morituri te salutam. Los que iban a morir esperaban la señal, la dirección del pulgar augusto que decidía caprichosamente sobre la vida y la muerte de otro hombre nacido igual al César, pero que el destino cómoda variante de la historia humana había hecho diferente.
Otra es la señal del índice del fiscal. Un gesto que en la mano de Emile Zolá salvó el honor de una nación, mancillado por el absurdo prejuicio el odio sin causa hacia un oficial judío que sirvió con lealtad bajo la bandera de Francia. Yo acuso, gritó el escritor, señalando hacia los atónitos miembros del Estado Mayor. Otro distinto ha sido el destino del tenebroso hurgador de temores de Salem, en la noche de brujas. O el de Torquemada blandiendo la cruz frente a la hoguera de la Santa Inquisición.
La mano del hombre, la que trabaja, la que escribe, la que acaricia, la que hace justicia, es la misma que frente al altar se desposa. Es la que en las esquinas pide ansiosa una limosna. Es la que también acude a palma abierta, piadosa y solidaria. Es la que cura, la que bendice, pero también la que arranca y la que mata. La de los cuchilleros de Borges o la de Cruz aquella noche de la partida que sellara el destino de una amistad y el de Fierro.
Una mano tronchada en la batalla de Lepanto salvó la gloria de las letras españolas mientras que otras cegaron en Granada, en su Granada, los ojos de una España hecha de jacintos, aceituna y miel, de navajas de Albacete y camborios de pura cepa. Porque el crimen fue en Granada, a unos pasos de Viznar.
