La primera en formarse es la Mara-18, a principios de los años 70, la cual se identifica así por estar en esa calle del sector de Rampart, en Los Angeles. Sus integrantes, todos latinos y afroamericanos, comienzan a ser liderados por mexicanos, que representan la mayor cantidad de inmigrantes en California.
Pero luego surgen sus contrincantes o enemigos, que son los salvadoreños que forman la llamada Mara Salvatrucha. A partir de ese momento comienzan a librar batallas campales en busca de dominios de territorios.
En escena, aparecen jóvenes con sus cuerpos enteramente tatuados, cortes de pelos punk, camisetas negras con dibujos de calaveras, saludando con signos y lenguajes corporales.
Las escuelas se han convertido en los principales lugares de reclutamiento de nuevos miembros para las pandillas. La adhesión es a veces voluntaria y en ocasiones forzada o inducida con drogas, que se convierten en adicción y más tarde en sometimiento.
Tanto en la 18 como en la Salvatrucha no hay un padrino al estilo de la mafia, pero sí un cuerpo de veteranos que desde las sombras controlan las pequeñas células formadas por chicos de apenas 11 años, explicó el oficial de policía John White, en una investigación realizada por La Prensa, de Honduras.
Los veteranos organizan con los jóvenes encuentros clandestinos en los que distribuyen armas, entrenan sobre estrategias y enemigos y comparten la información sobre la policía.
En los barrios y ciudades que ellos dominan se roba autos, se saquea casas, se intimida a los vecinos. También se alquila esquinas, incluso por horas, a vendedores de droga que no pertenecen a la pandilla. Algunos pandilleros reúnen entre 400 y mil dólares por día con estos alquileres.
Ahora, estas dos pandillas tienen sus tentáculos en todo Estados Unidos y cada una se ufana de decir que tienen mayor cantidad de simpatizantes.
