Encierro

Más allá del daño por Covid

El camino que llevamos es insostenible y nos consume. Estamos extenuados y nos cuesta continuar. Nos encontramos en un estado de ansiedad constante —tanto en intensidad como en duración— y esto ha agotado nuestros recursos y sobrepasado los mecanismos con los que contamos para enfrentarnos a esta situación.

El irrespeto de quienes nos gobiernan es constante y se ve en cada acción o inacción. Nos están tratando como chiquillos malcriados haciendo un berrinche, hablándonos públicamente con términos baratos de economía de fichas, en los que frases como “al ver mejoras en la conducta de la población” parecieran traducirse en puntos de canje para que, de manera omnipotente, “nos den algunas oportunidades”. Esto no puede continuar. Pero ¿cuáles son nuestras opciones, si por años luz, de manera sistemática, entre carencias educativas, subsidios y paternalismos con agendas políticas, nos han transformado en una sociedad inhábil?

¿Qué sentido lógico tiene mantenernos encerrados? Aun encerrados los indicadores no muestran mejorías, las muertes continúan ascendiendo y a estas se suman las epidémicas muertes por suicidio y por enfermedades crónicas no tratadas, además del exponencial deterioro en la salud mental, educación, economía y malnutrición, entre otros. Esta cuarentena, este encierro, este “estado de emergencia”, únicamente parecen beneficiar a nuestros gobernantes, quienes, al mantenernos controlados, tienen carta abierta para hacer lo que les plazca sin tener que rendir cuentas.

¿Será que la solución está en dejarnos salir y que cada uno de nosotros tomemos las riendas de nuestras vidas y de ser el caso, toquemos fondo? Lo más seguro es que esto nos producirá mucho dolor, pero estos son los dolores del crecimiento, los que nos llevarán a madurar como sociedad. Quizá, con una visión más darwiniana, quienes superen la prueba serán capaces de tomar mejores decisiones, elegir mejores gobernantes y reconstruir el país.

Ahora bien, está la otra parte de la ecuación: las autoridades y entidades encargadas de regular y hacer cumplir las normas y los protocolos. Estas, que además de incompetentes y en muchos casos corruptas, se deben regir por decretos mal redactados que dejan grandes ventanas de discrecionalidad en las que estos funcionarios se mueven a sus anchas utilizando como herramientas la intimidación y la extorsión. Eliminar la cuarentena y abrir los bloques parece más una oportunidad para que dichos personajes encuentren justificación para acosar a los ciudadanos y repartir ordenes y sanciones cual si fueran canastitas de cumpleaños.

Nuestra situación se siente como estar sosteniendo un muro de contención que está ya resentido y al que encima nuestros gobernantes, en su desentendimiento —por decir lo menos— le siguen sumando carga. Pero por más que tratemos de resistir, en algún momento no lejano el aumento en las cargas terminará por hacer ceder las fisuras y el derrumbe será inevitable.

Y qué decir del miedo a lo cotidiano. Este constante temor que nos invade en situaciones tan ordinarias como sacar a pasear a nuestro perro o ir a hacer compras al supermercado. No nos sentimos protegidos: nos sentimos amedrentados. ¿Por qué nos tenemos que sentir como si fuéramos criminales? Para los que vivimos la dictadura, es como estar regresando en el tiempo.

Provoca internarse en una cueva para nunca volver a salir, pero esto no serviría de nada porque la situación es inescapable. Estamos atrapados literal y figurativamente y la solución no parece estar en nuestro control. Nos encontramos en un continuo sufrimiento que nos hace sentir sin escapatoria. Es como no poder ver la luz al final del túnel. Es urgente poder tener acceso a nuestra libertad para poder gestionar nuestras vidas, contar con nuestros recursos y así hacer frente a lo que se nos presente. Este encierro no previene el contagio, pero sí nos desnuda de todos nuestros recursos para poder lidiar con las dificultades.

La autora es psicóloga, empresaria y propietaria de restaurante

Edición Impresa