El tema de los medicamentos en Panamá es como una piedra en el zapato o, peor aún, en el calcetín. Llevamos décadas discutiendo, sin que se alcance alguna solución viable. Pero tradicionalmente, la visión que tiene la población se refiere a los altos precios y al desabastecimiento crónico que se sufre en las instituciones de salud del Estado. Pero, como veremos ahora, esto tiene muchas aristas diferentes, que hacen el asunto aún más complicado de lo que parece.
Los médicos, por vivir toda esto desde distintos puntos de vista, tenemos una idea bastante “multidimensional” (por usar una de esas palabras que están de moda) de lo que pasa.
Recetar medicamentos en Panamá no es una profesión; es una aventura. Las normas vigentes establecen una serie de requisitos para que la receta sea válida, que no las entiende ni Dios. Para comenzar, los recetarios tienen que estar numerados secuencialmente. Esto tendría sentido si hubiese algún control sobre qué receta cada quien. Pero al no tener un registro o una auditoría de lo recetado, lo de los numeritos no sirve para nada más que para que los recetarios sean más caros al mandarlos a la imprenta. Nadie puede asegurar que uno no mande a hacer todas las recetas con el mismo número o que se use primero la libreta que comienza en el 12351 y luego la del 10401. Finalmente, da igual, porque nadie controla.
Después, la información que debe contener la receta. Especialmente en medicamentos controlados, como los ansiolíticos o los antibióticos. Deben llevar el nombre completo del paciente, la edad y el número de cédula. El nombre del medicamento debe ser genérico (no se aceptan nombres comerciales, lo que puede permitir que se cambie un original de un laboratorio suizo o alemán, por un genérico fabricado en algún garaje caribeño). Después, hay que poner la forma de presentación, la concentración y la dosis que debe indicar cómo se toma el medicamento y por cuánto tiempo. Además, la receta debe llevar el sacrosanto sello para que sea válida. Según entiendo, lo que debe aparecer es el nombre del médico y su registro del Minsa. Pero eso, se ha cambiado por “el sello”, al punto que estoy convencido que, para ser médico, es más importante tener un sello que tener un diploma. Aunque suene absurdo, ya hemos visto casos. Todo eso parece muy lógico, si no fuera porque se usa como excusa para enredarle la vida a los pacientes. Porque (pongo un ejemplo) si uno hace una receta por “Alprazolam 0.5 mg tabs. #30, tomar una tableta cada día”, al paciente no se la despachan, porque al “inútil” médico que hizo la receta se le olvidó escribir al final que era “por un mes”. Me imagino que, si uno receta 30 tabletas, para tomar una receta diaria, no es porque uno quiere que el paciente la tome por un lustro.
Y si vamos a recetar medicamentos para que el paciente lo retire del Seguro Social, el asunto es aún más surrealista. Allí, por norma, se tienen que poner como máximo dos medicamentos por receta, lo que implica que si un paciente toma nueve medicamentos, hay que escribir cinco recetas diferentes. Además, solo se puede recetar para un mes. De modo que si ese mismo paciente tiene cita de control en seis meses y necesita recetas para todo ese tiempo, hay que escribirle 30 recetas para que cada mes, vaya a sacar todas sus medicinas. Y muchas normas se pueden ver modificadas basado en el humor del que está en la ventanilla en un determinado momento. En mi consultorio, imprimo las recetas para no tener que escribirlas una por una. Pues algunos de mis pacientes se han encontrado con lumbreras que les han dicho que “las recetas impresas en computadora no son válidas”. Eso, hasta donde sé, no lo dice ningún reglamento. Pero, ¿cómo va a privarse a algún funcionario de gozar de sus diez segundos de autoridad, aunque sea con un pobre paciente de 85 años de edad, que camina con andadera y que hace un gran esfuerzo físico para ir a buscar sus medicamentos todos los meses? Y ahora, el nuevo invento es que hay que llenar un “protocolo” para que se despachen algunos medicamentos para la hipertensión. Estoy convencido que el requisito de ponerlo a uno a llenar un papel con un montón de preguntas, no es más que tratar de evitar el uso de esas medicinas. Apostaría que si uno pregunta qué medicamento es el que más frecuentemente se asocia al uso del perindopril, nadie tiene ese dato, porque nadie procesa todo el palabrerío de los protocolos. La idea es complicar el proceso para usar menos medicamentos, de esos que previenen complicaciones y a la larga representan un ahorro al haber menos infartos, fallas cardíacas, pacientes en diálisis y derrames cerebrales.
¡Ah!, y además, algunas compañías de seguro privadas se han inventado que hay que agregar el diagnóstico a la receta. Eso sí creo que no lo dice ninguna norma, pero qué diablos. A fin de cuentas, se inventan el requisito porque les da la gana y pudiera servirles para no pagarle las medicinas a los pacientes.
Cuando uno cuestiona todos estos requisitos absurdos, la respuesta que se suele recibir es: “es que eso lo dice la ley”… Pues sí, pero si la ley dice una estupidez, hay que entender que la solución no es que todos se vuelvan estúpidos. Lo que se debe es cambiar la ley. Aunque hay que reconocer que la Asamblea seguramente está muy ocupada discutiendo la legislación del festival del almojábano con queso o la cutarra y el sancocho…
El tema del precio de los medicamentos es otro que quedará para dentro de 15 días. Lo que sabemos es que ya nombraron una comisión para discutirlo. Ya veremos “entonces que é lo que eeeee…”
El autor es cardiólogo

