La mayoría del mal que sufrimos los seres humanos de todos los tiempos, es por culpa de nuestra pereza. Vivimos en términos de lo que nos compensa y bajo la ley del mínimo esfuerzo. Somos expertos en sembrar poco y pretender cosechar al máximo. Y ya veo a más de uno asintiendo con la cabeza, como si se tratara de lo más lógico y sano que podemos hacer como civilización.
No somos en este país muy amigos de la reflexión ni el criterio, y este mal no es exclusivo nuestro. Nos parece más fácil olvidar y más cómodo el recuerdo selectivo y edulcorado. Es más fácil llenarnos de falsas memorias y enamorarnos de amplias lagunas históricas y cívicas que darnos o la búsqueda de qué pasó exactamente o cómo enfrentarnos a quienes fuimos.
Inquieta que la mayoría de este país este preparada y dispuesta a olvidar voluntariamente nuestra historia y prefiera, invocando su derecho democrático a hacer lo que quieran con su memoria, dejar a tras lo que fuimos para convertirnos en lo que las nuevas dictaduras del pensamiento único establecen: cada vez más personas gustan de los mismos colores, tienen las mismas consignas y celebran las mismas gestas. Y no, no es la globalización, es la pereza de pensar la que va construyendo esta nueva mayoría de olvidadizos.
Es mejor olvidar, es mejor no guardar rencores, es mejor no darle más vueltas al pasado, mejor lo olvidamos todo, mejor no mirar lo que fuimos, ¡qué barbaridad!, mejor es dejar atrás todo. Pensar así es más sano, dicen, mientras esconden que es por pura pereza que no queremos recordar, “porque la vida no está hecha para tanta pensadera”, y no ven que ya están haciéndonos creer que nunca fuimos esclavos, que nunca nos mataron, que todo es por nuestro bien y que, menos mal, han venido ellos ha darnos un nuevo nombre y una nueva vida que nunca conocimos. Que ahora ellos son nuestros dueños.
El autor es escritor
