El teléfono no dejó de vibrar ni un minuto, ni las redes de cargarse de palabras de aliento y de consuelo desde mis dos orillas, ni el correo electrónico de recibir la presencia de mi gente. La iglesia blanca, llena, despedía a mi mamá, y desde todas sus esquinas una tristeza esperanzada se apoderó del aire de la tarde.
Uno se reconcilia con la vida cuando las personas que la habitan renuncian a la distancia que impone lo cotidiano para acompañar a los que lloran la ausencia para siempre. Mi gente es así, está cuando hace falta, cuando más duele, cuando la cosa se pone de color azul.
Así somos en esta tierra nuestra: aparecemos desde el pasado para hacernos compañía y para ser bálsamo, para volvernos a ver desde el pretérito y construir una memoria del cariño para mañana, una memoria que rumiar cuando la noche apriete la carne de la ausencia de mamá.
El tiempo vuela y la vida, que va en serio siempre, como dice Gil de Biedma, galopa para escaparse hacia la tristeza, pero el amor agita el alma y se opta por estar para ser apoyo y abrazo, para recordarnos, pisando la tierra última, que nunca estaremos solos.
Por cada palabra, por cada abrazo, por cada beso, lágrima y mirada, un beso sincero, un abrazo cálido, de esos que daba mi mamá allí donde iba, allá donde hiciera falta un cariño que construyera el carácter y afianzara la ternura.
Gracias mi gente, gracias por todo, gracias por no dejarnos al borde de la ausencia sin un abrazo; gracias de verdad por recordarnos que, aunque falta una madre, hay cariño de sobra, el que ella puso en tantos de ustedes, para que no nos venza el silencio ni nos derrote el fantasma de la tristeza.
El autor es escritor