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Testimonio

Mi nieta y yo frente a la crisis

Al declararse una pandemia en nuestro Panamá –siendo esta realidad algo retador para el pequeño centro del mundo y corazón del universo–, nuestro país y sus autoridades nos han hecho aprender. Nos ha tocado vivir realmente lo que muchos tal vez jamás habían vivido: temor e inseguridad solamente al respirar por temor al contagio del dichoso virus.

Por consecuencia, ya tenemos varias semanas encerrados en casa sin salir a ningun lado por orden de las autoridades. Y si salimos, con condiciones de día y hora nunca antes vividas: usando mascarilla, guantes y manteniendo una distancia física de las otras personas. Increíble, nosotros los panameños que somos tan dados a saludar con gestos, abrazos, palabras, besos, etc.

Es por esto que la familia se siente confinada a vivir encerrada en sus hogares, pero con la ilusión diaria de las visitas por medio de videollamadas, aplicaciones como Zoom, entre otras. Herramientas que no nos dejan olvidarnos ni sentirnos cerca los unos de los otros.

Nuestra familia no se escapa de esta situación antes explicada y, por ende, todos los niños panameños, incluyendo mis nietas, han tenido que cambiar sus rutinas abismalmente, dejando a un lado sus colegios y sus actividades extracurriculares, y han entrado a vivir momentos que posiblemente ni sus padres hasta ahora habían vivido, como es el estar en su apartamento sin salir y sintiendo también miedo, incertidumbre y, por supuesto, mucha confusión.

¿Cómo entra en esas mentes de un día para otro, que no se puede ir donde los abuelos a visitar? ¿Que no se puede jugar con los vecinitos, que no se puede ir al colegio y ni siquiera acompañar al súper a mamá? Al llamar a diario a nuestras nietecitas, Alexandra de 8 años y Anna Sofía de 3, siento que sus emociones están a flor de piel. Ya que pasan los días y la confusión las invade porque no se puede ni siquiera planear una pijamada en casa de los abuelos o una reunión familiar, porque no se sabe cuándo terminará esto.

Mi mente y mi corazón se fusionan en un sentimiento de nostalgia y de tristeza cuando trato de ponerme en los zapatos de mi nieta, y poder sentir lo que ella está sintiendo en estos días de encerramiento.

Me siento totalmente identificada cuando recuerdo mi propia experiencia en aquellos días del 9 de enero de 1964, cuando yo, entonces siendo una niña como de la edad de mi nieta mayor, guardamos total resguardo junto a mis padres y mis hermanos en casa por varios días. Sintiendo el mismo temor e incertidumbre que mis pequeñas.

En esos días, no había ni televisión ni internet funcionando. Solamente podíamos escuchar lo que transmitían las ondas hertzianas de la radio local que nos transmitían las noticias desde la calle, los hospitales y los lugares donde se desencadenaron los dolorosos sucesos.

Nada parecido a la noticia real en tiempo que nos transmiten hoy en día via internet, redes sociales y la conferencia de prensa diaria de las autoridades gubernamentales. Pero mis emociones sí eran muy parecidas a las que mi nieta siente hoy. Yo me preguntaba “¿qué pasará mañana? ¿Seguirán aumentando los heridos y muertos por los sucesos?, ¿Hasta cuándo podremos estar encerrados en casa sin super ni escuela?” Las mismas preguntas que se hace mi nieta Alexandra hoy, también.

Al vivir aquellos momentos de encerramiento similares, recuerdo que yo escuchaba las noticias y los mensajes alentadores de nuestro presidente por esos días, don Roberto F. Chiari, que nos transmitía seguridad y confianza en sus palabras. Yo, entonces, me sentía esperanzada y confiada en que esto algún día terminaría y podríamos volver a nuestras habituales actividades y juegos. Y así fue, porque si hay algo que nos queda claro de la historia, es que hay luz al final del túnel.

Y es la misma esperanza que uso cuando le digo a mi nieta que pronto estos días serán anécdotas para su historia de vida. Y que pronto podremos disfrutar de la cercanía familiar como antes. Sin pantallas y video conferencias. Por el contrario, visitando y saliendo a pasear y comer juntos todos en familia.

La autora es ama de casa, esposa, madre y abuela


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