Si una cosa a puesto de manifiesto esta pandemia (la frase de apertura de este artículo es repetida, lo sé), es que nos llevan tratando como a niños de kínder desde hace tiempo. Y no les descubro nada, sólo que ahora, enfermos y semi confinados, el pausado discurrir de los hechos nos deja ver un poco mejor el asunto.
Desde el minuto cero de esta gravísima situación se nos habló de guerra, de héroes, de equipo, con un lenguaje más cercano al “coaching” y la autoayuda que al discurso serio, corresponsable y apegado a los hechos. Nos llenaron la cabeza de personajes de Marvel, y todos fuimos soldados en una guerra que escondía la ignorancia y la poca capacidad de reacción de los gobiernos de turno, no todos, pero sí de la mayoría. Y es revelador en este sentido que medio mundo optara por la misma estrategia de comunicación.
Ser presidente no es ser héroe. Como no lo es ser padre, madre, profesor, maestro. Uno se levanta y cumple su deber, sale a trabajar, entra en reuniones y discute, siempre en privado, con discreción (que no anula la transparencia) y regresa a su casa, aula, palacio presidencial, con el deber cumplido y sin aspavientos. Quizás uno se la rife, pero es igual ser pobre, que ser rico, ser presidente: el virus no discrimina.
Lo que sí discrimina entre buenos y malos padres, maestros, profesores, presidentes, es el sentido común a la hora de hablar en público. No necesitamos héroes, necesitamos liderazgo, alguien dispuesto a decirnos la verdad a la cara, dejando de lado las estrategias discursivas de la vieja guardia de los rambos y demás generales en patrullaje doméstico.
Rectificar, revela que se pasó de la raya del entusiasmo. No hace falta rifársela: la discreción proactiva es la mejor manera de ser y hacer lo correcto. “El que mucho habla, mucho yerra; callar a tiempo es de sabios”, dice en la Biblia el viejo Salomón.
El autor es escritor