Guillermo Sánchez Borbón En tiempos idos, me hacía mucha gracia que el Ayatolá y sus acólitos presentaran al presidente Carter como una especie de ojo de agua que manaba todo el mal que anegaba a la tierra. Hoy, veinte y pico de años más tarde, los gringos le han devuelto, con intereses acumulados, el favor al Islam, encarnando el mal en ben Ladin. Que Jomeini y los guardias revolucionarios, seres primarios, con una gran ignorancia de lo que es Estados Unidos (el gran Satán) y la cultura occidental, se tragaran sus propias exageraciones propagandísticas, es comprensible. Menos comprensible es que los voceros de una sociedad tan secularizada como la gringa repitan (cambiándoles de signo) las mismas gansadas.
Y volvemos a los monolitos. Para los fundamentalistas del Islam, el cristianismo es un masa sólida de iniquidad; para los simplificadores de Washington, el Islam es una conjura urdida por terroristas escalofriantes.
Lo cierto es que el monolito nunca existió. Y nunca existió por una razón fundamental. Los dioses todos los dioses hablan un lenguaje de dioses y con él se dirigen a sus criaturas. Es un lenguaje poético pero oscuro, perteneciente a la subespecie de poesía hermética (tampoco se les puede exigir a los inmortales que hablen como C.P.A.), que igual vale para un barrido que para un fregado. Cada lector, o grupo de lectores, interpretan a su manera el mensaje. De ahí que la historia de todas las religiones sea en realidad la historia de las herejías a las que ha dado nacimiento e inyectado savia. El cristianismo, sin ir más lejos: desde las sectas gnósticas, pasando por la tentación maniquea y la infinita crueldad de la doctrina agustiniana de la predestinación, hasta los arrianos (herejía que, por razones que nadie ha sabido explicarme, sedujo a los pueblos bárbaros que se disponían a asestarle el golpe de gracia al Imperio romano) hasta los monofisitas. Y contando.
Lo mismo ocurrió en el Islam. Salvo algunas verdades universalmente aceptadas como: la existencia de El Corán precedió a la de Dios (no es anterior a la Creación, como creía Borges; es anterior a Alá), dogma que arroja una inesperada luz sobre las misteriosas palabras con que tropezamos en el primer versículo del Evangelio de san Juan: En el principio era el Verbo y el Verbo era Dios, que tanto escandalizaban a don Miguel de Unamuno, salvo estas verdades, repito, que no admiten discusión, el islamismo ha sufrido casi tantas herejías y divisiones como la religión cristiana. Desde la escisión primera de suníes y shiíes, hasta quienes quisieron casar la filosofía griega con su fe hazaña reservada a los teólogos cristianos. Desde la secta de los asesinos, hasta los místicos sufíes, que fueron bendecidos por las mismas teofanías que los místicos de todas las otras religiones superiores y las describieron con idénticas palabras. Esta hermandad por sobre las creencias puede verse claramente en un solo ejemplo: el de Rabia, la santa Teresa árabe, quien escribió: Dios, si Te adoro en el temor del infierno, quémame en el infierno. Y si Te adoro en la esperanza del paraíso, exclúyeme del paraíso. Pero si Te adoro por Tu propia causa, no me prives de Tu eterna Belleza. Es una estupidez suicida meter en el mismo saco a todos los representantes de una fe tan variada y compleja.
Ahora bien, los fundamentalistas de todos los signos están condenados a fracasar por una razón muy sencilla. La civilización occidental es la única de la historia que ha llegado a todos los habitantes de la Tierra, es decir, todos han recibido (y utilizan regularmente) sus productos científicos, técnicos y culturales. Hombres como Jomeini y ben Ladin (que es un criminal, pero que también es un fanático religioso) intuyen que esa cultura universal es el mayor obstáculo para la creación de sus teocracias. Los fundamentalistas cristianos pueden tronar contra Darwin, pero los biólogos, imperturbables, continúan trabajando basados en la teoría de la evolución. El creacionismo, que trató de imponer Reagan (un hombre que se jactaba de no haber leído un solo libro en su vida), tropezó contra obstáculos insuperables, como, por ejemplo, los esqueletos de los dinosaurios, que hace 150 millones de años animaron la Tierra. Los científicos del Islam, formados todos ellos al igual que cientos de miles de estudiantes musulmanes en las mejores universidades de Europa y de Estados Unidos, pueden acudir puntualmente al llamado de oración, pero cuando vuelven a sus laboratorios cuelgan en los percheros de la entrada sus creencias religiosas; y otros diosecillos (Copérnico, Darwin, Mendel, Einstein et. al.) presiden ceremonias que hubieran dejado en la luna al profeta y a su yerno.
Y no digamos nada del intrincado tejido de rivalidades políticas, personales y tribales que son hoy las sociedades islámicas. Hombres hábiles podrían aprovecharlas para acabar con el terrorismo, a condición, claro está, de que en la cima se produzca un cambio radical en la política que hasta ahora ha seguido Estados Unidos en el Medio Oriente.
