Nunca he puesto en duda que la paz puede ser mas complicada que la guerra e incluso puede costar más, pero jamás se debe renunciar a ella.
La humanidad, en su corta existencia, ha sido testigo de guerras, de agresiones, de exterminios y, vengan de donde vengan, existe la obligación de condenarlos, jamás aplaudirlos.
Lanzar bombas, misiles y metralla jamás puede ser justificable, pues el diálogo y la coexistencia pacífica son derechos inalienables del mundo.
Después de las tristes lecciones emanadas de la Segunda Guerra Mundial y -mas reciente- de la guerra en los Balcanes, no imaginé jamás volver a ver escenas de ciudades europeas bajo las bombas. Hoy es una realidad.
A quien me lea, siempre me gusta aclarar que no baso mis argumentos en imágenes de redes sociales o las ya acostumbradas fake news. Reviso, escucho, leo noticias, reportes e imágenes en medios de prensa de muy disímiles orientaciones que me permitan saltar el muro de la guerra mediática.
Vi con estupor el misil destruyendo el histórico edificio donde radica la administración regional de Járkov, enclavado en la zona residencial de esta ciudad, considerada la segunda de importancia en Ucrania y capital cultural.
Mas tarde y quizá con un simbolismo profético y tenebroso, el bombardeo a la torre de televisión de Kiev, enclavada en una zona cercana al lugar donde el 29 de septiembre de 1941, las tropas nazis, agrupadas en los escuadrones de la muerte móviles Einsatzgruppen C, con el apoyo de colaboradores y las temidas SS, llevaron a cabo la matanza de Babi Yares que, en dos días de “arduo trabajo”, sesgaron a sangre fría la vida de 33,771 judíos, parte obviada de la historia cuando se habla hoy de “desnazificar” Ucrania, al parecer olvidando que fue este país uno de los que mas sufrió en carne propia los horrores del nazismo.
Ver las imágenes del éxodo masivo de ucranianos huyendo con lo poco que han podido sacar de sus casas, de los niños caminando extenuados o sobre las brazos de los padres, quita cualquier atisbo de razón que la parte agresora invoque.
Vladimir Putin jamás debió abandonar la diplomacia y las conversaciones. Rusia jamás debió “apretar el gatillo” y entrar militarmente en un país con un gobierno democráticamente constituido, para su gusto o no, pero emanado de la voluntad popular. Creo jamás pensaron y calcularon que esta invasión, que es como únicamente se le puede llamar, durara mas de tres días y la sorpresa ha sido otra bien diferente.
Algo, convertido también en símbolo, para tristeza de los amantes de la aviación, ha sido la destrucción del Mriya (“sueño” en ucraniano), el avión de carga más grande del mundo, del que solo existía un modelo único.
Curiosamente, este Antonov-225 de Ucrania destruido en las afueras de Kiev fue construido para dar servicio en su día al programa de transboradores espaciales soviéticos Burán y recientemente desempeñó un papel fundamental transportando miles de toneladas de equipamiento médico y sanitario para enfrentar la pandemia.
Es un costoso e innecesario capricho conducir a Rusia y su pueblo a este desgaste económico y moral, pero también un egoísmo imperial de incalculable costo someter al mundo, después de dos duros años de pandemia, cierre de los países, destrucción de las economías y de tantas muertes que enlutaron todos los continentes, a un complicado camino de tensiones y odios.
Todos tenemos derecho a un mundo mejor, cantarle a la vida y ver cada amanecer sin el sonido de las bombas y el fuego de la metralla. Nadie tiene derecho ni justa razón a cercenar las alegrías de la infancia, de jóvenes, de abuelos... Nadie invocando ningún derecho, pues el agresor jamás encontrará razón creíble o válida para ello.
Putin ha demostrado, en su ignorancia autoritaria, no conocer lo dicho por el Nobel Desmond Tutu: “Si deseas la paz, no hables con tus amigos... Habla con tus enemigos'.
Ucrania ahora se ha convertido en un símbolo de resistencia al agresor; por eso el mriya ucraniano no será destruido.
El autor es abogado consultor y expresidente de la Cámara Oficial de Comercio de España en Panamá
