“Un joven muere al caer de un tercer piso de un restaurante del Casco Antiguo, San Felipe”. Así decía la escueta noticia. Simplemente, cayó de ese piso al recostarse en una baranda del mencionado local. Un accidente, una tragedia. Pero no es hasta después de haber ocurrido este hecho que se “descubre” la cantidad de anomalías estructurales y hasta sanciones ya impuestas, pero los locales de este edificio seguían operando. ¿Cómo se llega a este nivel de “poco importa” con la seguridad de la gente? ¿Será porque el dinero sigue siendo más poderoso que cualquier otra cosa en nuestro entorno? Pero, como siempre dicen, tiene que ocurrir una desgracia para que las autoridades reaccionen. Sin embargo, aunque tengamos claros que los actos de corrupción afectan a muchos, la gran mayoría los ve como “normales” y hasta parte del quehacer diario. Tristemente, hemos llegado al más bajo de los niveles de decencia, capacidad y moral si nos conformamos con seguir así.
Y es que todas las semanas tenemos un nuevo escándalo de corrupción, una nueva bomba para sorprendernos más y más. Olvidamos uno para reaccionar con estupor a otro. Un círculo de engaños, frustración, dolor y, más que todo, de decepción con nuestros gobernantes y la propia sociedad que nos rodea. Nada más hay que recordar los más recientes en la Lotería Nacional de Beneficencia (que no tuvo consecuencias legales) o el escándalo de abusos y corrupción en la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (Senniaf), que no llega a esclarecerse. Detrás del “todo vale”, arrastran la credibilidad y la confianza en el lodo del “no me importa” y el “qué hay para mí” en estas y otras instituciones. Si pensamos en la corrupción a nivel de las mismas personas, el querer tener algo a costa de todo prevalece en el comportamiento y silencio de muchos.
La muerte de las esperanzas, la justicia y la equidad del ciudadano honesto y responsable es tristemente más común y doloroso. ¿Cómo se le puede exigir a un funcionario que haga su trabajo con un paupérrimo pago cuando se sabe que hay gente que cobra grandes salarios sin hacer nada? Y si algo ocurre por actos de corrupción, otro es el que paga y los culpables salen libres como si nada hubiese pasado. Por ejemplo, ¿quién no recuerda el Cemis, el fantasma del puente Van Dam, Odebrecht, los sobrecostos de obras, las coimas, las prebendas, los contratos amañados y los cientos de otros casos de bajo y alto perfil que han ido erosionando la confianza y la seguridad de los panameños? Nos roban y abusan sin ningún remordimiento con tal de obtener bienes, poder y control.
Nos están masacrando nuestras esperanzas sin asco ni contemplaciones. Solo hay que ver la burla de los políticos que se sienten seguros que no les va a pasar nada, aunque digan a los cuatro vientos que ellos son corruptos (véase el caso del diputado vicepresidente de la Asamblea Nacional). Es realmente atroz. Inclusive más doloroso es escuchar a muchos ciudadanos decir “robó, pero hizo”, como si fuera una excusa justificable ante tanta aberración imperdonable.
La corrupción destruye cada fibra del tejido social, en las entrañas de las acciones mezquinas de cada individuo que busca satisfacer intereses propios. No hay que ser un alto funcionario, ni mucho menos un político de algún partido. Si alguien acepta esquivar responsabilidades con un pago a cambio de silencio o encubrimiento, esa persona ya se vuelve corrupta. Y las consecuencias pueden ser mortales.
La autora es docente universitaria

