La forma en la que un medio de comunicación presenta los hechos violentos o morbosos de una sociedad es un buen baremo a la hora de medir su prestigio. El abuso de este tipo de noticias, teñidas en ocasiones de tonos sórdidos, indica tan solo que el medio emplea un recurso mediocre para lograr audiencia, pero no que esa sea la única realidad circundante. La cultura, el avance científico o la política –no el ir y venir de los políticos, que es distinto–, son temas, entre otros, tan cotidianos como los crímenes, los accidentes o el narcotráfico, pero a fuerza de relegarlos como secundarios, los medios ofrecen una visión del mundo parcial y distorsionada.
Se tiende a pensar que nuestro tiempo es uno de los más violentos e inmorales que haya vivido el hombre, y que parte de la culpa la tienen la televisión y el cine. No se puede negar la influencia que ambos ejercen en el ser humano, pero de ahí a que sean los culpables de nuestros despropósitos, hay un largo trecho por recorrer. Vilezas, guerras y desgracias las ha habido siempre, y no creo yo que las tropelías cometidas por los señores feudales con sus vasallos o las prácticas incestuosas de la familia Borgia estuvieran inspiradas en un filme de Tarantino.
Pareciera que las guerras de ahora son las más crueles, que los criminales son los más pervertidos y que las enfermedades son las más devastadoras. Lo que ocurre es que el hombre medieval, por ejemplo, no se enteraba de lo que pasaba en el país vecino hasta que llegaba un poeta y lo cantaba –idealizado, por supuesto, que para eso era poeta– o del peligro que entrañaba un criminal suelto sino cuando este estaba ya colgado en la plaza pública –la justicia era entonces más expedita–, y menos aún se enteraba del riesgo de contraer una enfermedad contagiosa, porque en un abrir y cerrar de ojos, alguna peste había asolado la población entera.
Sin ir más lejos, a las generaciones que rondamos los 60, se nos educó teniendo buen cuidado de mantenernos en la inopia acerca de los estragos que se producían en el planeta. La violencia nos llegaba de soslayo, embutida en noticias asépticas o en referencias familiares que omitían los detalles desagradables, y si bien no podemos negar que el cine configuró en buena parte nuestra visión de la vida, este nos mostraba un mundo edulcorado en el que la línea entre el bien y el mal estaba nítidamente delineada. El crimen era castigado siempre y las relaciones amorosas carecían de complejidad o se abocaban sin remisión a un final feliz. De ahí el temple romántico con que encarábamos amores e ideales y la confianza que teníamos en el prójimo. El problema es que la realidad (antes y ahora) es otra: el criminal no siempre la paga, y las relaciones entre hombres y mujeres distan mucho de los romances que vivieron Rock Hudson y Doris Day en la pantalla. Es decir, vivíamos en un mundo protegido y ficticio.
Las generaciones jóvenes toleran mejor la violencia, porque han crecido con ella, lo que no justifica la mediocridad con que a veces se les presenta. Despojadas de la inocencia a edad temprana, estas generaciones se han criado en un entorno hostil y amenazante, pero tienen también una ventaja: están mejor informadas. Saben mejor lo que es el abuso y se defienden; aprenden que no todo el mundo es confiable y toman precauciones. Y en caso de que supieran quiénes fueron Doris Day y Rock Hudson, se burlarían de sus empalagosos estereotipos.
Si el mundo nos parece ahora desgarrado y cruel, más vale que dejemos de lado el tono moralista y apocalíptico. Hace 40 ó 50 años no era oro todo lo que relucía. La bondad del mundo era tan solo cosa de película.