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Nadie nace ladrón

Robar es una conducta aprendida en la que se refleja la educación en principios, primero en el hogar y segundo en el colegio, con una actitud reiterada y desvergonzada de los padres y el reflejo de un entorno sin control.

En un ambiente irreverente, déspota, violento y deshonesto, se hace rutina esta conducta, al punto de considerarla como natural o esperada, llegando a ser tan alienantes que eres criticado por allegados al negarte a participar en sus deshonestidades. Los padres responsables, aunque pobres y conviviendo en entornos violentos, procuran mantener a sus hijos en una burbuja donde imperen los principios morales, aunque estén rodeados de un muladar de personas de actitudes vulgares, soeces o deshonestas.

Nadie nace maleante, narcómano, narcotraficante, violento o abusador; esto es determinado por las condiciones del entorno inmediato, llámese hogar. Es la orientación que ejercen los padres, los que alientan o desincentivan las conductas amorales.

El cinismo omnipresente en políticos corruptos llega de manera similar. Es una conducta aprendida de rebuscones, mentirosos, ladrones y carroñeros adláteres; no es natural que una persona nazca con semejantes características o sea indolente.

Así la desfachatez de la que hacen gala algunos funcionarios líderes de la Asamblea Nacional, debido a que muestran que les importa poco la opinión y bienestar de la comunidad a la cual supuestamente representan una vez electos, a quienes consideran baratija comprada y sin desparpajo admiten que su deseo es solo preservar o acrecentar los privilegios que se auto adjudican sin escrúpulos y lo presumen con descaro.

Es como la irresponsabilidad exhibida al rechazar la rendición de cuentas, la ausencia de transparencia y la soberbia, al pensar que ellos pueden hacer las leyes a su medida para mantener impunidad, reelegirse indefinidamente sin tener mérito para ello; soberbia para dejar claro que poco importan las acciones ciudadanas para adecentar ese Órgano. Solo una educación en valores nos puede liberar de estas lacras.

Pero la madre de la corrupción en la Asamblea Nacional no son los diputados, quienes no se distinguen por sus estudios ni una mente lúcida. Son la pléyade de onerosos asesores enquistados en las entrañas del monstruo llamado Asamblea, que dedican su tiempo y mayores esfuerzos a crear y rebuscar resquicios en la ley que permitan nuevas maneras de corrupción rampante en este órgano del Estado, a cambio de la carroña de su puesto y otras migajas. Sería un gran alivio para la nación renovar éste cuerpo, que está permanentemente complotando contra el pueblo.

El autor es ingeniero civil


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