Panamá se encuentra en el puesto No. 86 de 190 del índice ‘Doing Business’ para el año 2020. Considerando que se trata de un ranking que clasifica a los países según la facilidad que ofrecen para hacer negocios, este puesto tan bajo nos hace preguntarnos: ¿Qué estamos haciendo como país para hacerle la vida más fácil a los que producen desarrollo y progreso (no es lo mismo) dentro y fuera de Panamá? ¿Qué estamos haciendo para incentivar a esos micros empresarios informales a que se formalicen? El 51% de la población ocupada, en esta economía post pandemia, es informal.
La cacareada recuperación económica pasa por cambios profundos en la relación empleador/trabajador. El Código de Trabajo debe ser actualizado con normas claras que permitan la necesaria flexibilización en las relaciones laborales. El trabajo ya no está supeditado a condiciones fijas del siglo pasado. En contraste, el trabajo ahora es dinámico, polivalente y no necesariamente presencial y esta redefinición de las reglas en las que las empresas y sus componentes interactúan ha llegado para quedarse. La transformación digital en las empresas y en “El Estado”, avanza con paso firme, sin el necesario acompañamiento de la estructura jurídica que organice “la nueva realidad”. Esta situación nos plantea un enorme reto para resolverlo “ayer”.
La crisis de las empresas, el mercado laboral y su entorno general representa una oportunidad de oro para avanzar en la transformación del mercado laboral hacia una nueva matriz productiva que el mundo ya abrazó, con todos los distintos componentes que la integran. Proteger el empleo y apoyar a las empresas formales es clave, no solo para conservar los empleos de calidad, sino también los empleos informales que están relacionados a las actividades económicas derivadas de las empresas formales. Sin embargo, es poco lo que se está haciendo para llegar a ellas con la rapidez y la contundencia que las exigencias demandan. Muchas han desaparecido o desaparecerán esperando medidas de apoyo tardías e insuficientes.
Hoy, la nueva realidad exige una fuerza laboral más rápida, calificada y eficiente; y de empresas que se adapten a las nuevas y cambiantes condiciones del mercado. El porcentaje de la población joven interesada en un empleo con características tradicionales está disminuyendo rápidamente y eso traerá consecuencias a la Caja del Seguro Social.
Decir que vamos a seguir el ejemplo de Singapur o Nueva Zelanda y esperar los mismos resultados me parece poco realista; pero, sí hay muchos cambios y transformaciones que se pueden hacer en las distintas instituciones que conforman el aparato burocrático, para que la tramitología gubernamental sea rápida, eficiente y transparente. Si desde el Ejecutivo, logramos que se ejecuten todos esos cambios estructurales necesarios para recuperar el perdido vigor de nuestra economía, habremos avanzado en el sentido correcto.
Estamos obligados a “pensar fuera de la caja” y a buscar soluciones innovadoras, si es que de verdad deseamos salir del punto muerto en el que nos encontramos. Una respuesta lenta con coordinación limitada durante el momento especial en el que nos encontramos puede llevarnos a una situación irreversible. Definitivamente hace falta una visión a largo plazo que nos prevenga de un deterioro mayor y que nos permita salir fortalecidos de la crisis actual.
El autor es empresario y amigo de la Fundación Libertad
