Jesús, ese hermosísimo niño, hijo del altísimo, que año tras año nace para nosotros, otra vez en Navidad, no es otra cosa que el reflejo más puro y fiel del amor de su padre y nuestro padre. ¿Y quién es su padre y nuestro padre? Es el mismo quien habló a Abraham y le dijo: “Sal de tu tierra nativa... a la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo... Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo”. (Gn 12, 1-3).
Fue un llamado de Dios que Abraham respondió con fe y obediencia. Dios se revela y lo hace en forma de promesa. Esa promesa es la que abre la historia de la fe al futuro. Es el apoyo confiado nuestro en la palabra de Dios. Y no fue ni es una fe ciega. Dios promete y cumple. Del vientre estéril de Sara nació esa descendencia que será superior al número de estrellas en el cielo.
Pero Abraham no sería la primera, la única ni la última revelación de nuestro padre celestial. Dios también habló por los profetas. Y como diría el padre carmelita y teólogo van Imschoot, en ningún otro pueblo se halla como en Israel profecías tan precisas. En medio de todo ello, Yahvé va creando una alianza progresiva con su pueblo para llevarlo a la salvación. Y no hay nada de mitos ni de ritos en todo ello porque Dios siempre estuvo y está entre nosotros.
A pesar de todo, Dios escoge manifestarse aún más. La revelación del Antiguo Testamento parcial y fragmentada, fue insuficiente. Y el inconmensurable amor de Dios se deborda. Entonces, toma carne de la purísima virgen María, se hace hombre entre nosotros, y nos entrega su palabra personal y definitiva en su muy amado hijo, Jesús. En ese hermoso niño está la plenitud de la revelación de Dios.
San Juan de La Cruz, ese gran doctor místico carmelita de la Iglesia católica, nos ha dicho que ese Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, nos ha dicho todo lo que tenía que decirnos por medio de su hijo muy amado. ¿Qué más puede decirnos?
La figura de Jesús es un hecho histórico auténtico. Conocemos más de Jesús que de Judas, el Galileo, y muchos otros más. Sin embargo, lo relacionamos menos con su padre y nuestro padre. Y se nos olvida, muchas veces, que murió por nuestros pecados y que es una figura teológica y no solo el fundador de un movimiento religioso.
No hay un exegeta cristiano o protestante que niegue que para Jesús lo más importante era la llegada del reino de Dios, su padre. Su amor por nosotros y entre nosotros. Para pertenecer a ese reino solo tenemos que dejarnos amar de Dios. Pero, todavía, hay quienes se obstinan en no creer y se burlan de este amor misericordioso del padre. Se creen autosuficientes y esa es su condenación.
Creédme, dijo ese hermoso niño, porque yo estoy en el padre y el padre está en mí. Pater Noster, Adveniat Regnum Tuum...
