Muchos panameños viven preocupados por el “qué dirán”, y ajustan su modo de vida y costumbres al estándar. La vida es muy corta para dejar de hacer lo que a uno le gusta, y demasiado rica en variedad para estancarse haciendo siempre lo mismo.
Los complejos son como una cadena que, además de reprimirnos, impide que descubramos nuestro potencial. Con frecuencia, se nos olvida que nunca dejamos de ser niños y desaprovechamos esa maravillosa oportunidad que nos da la naturaleza. Debemos recordar que esa parte infantil la manifestamos a diario cuando, por ejemplo, interactuamos con nuestra pareja, jugamos con nuestros hijos o hacemos algún deporte.
De hecho, las obras que han beneficiado a la humanidad han tenido lugar por esa curiosidad natural que nace en los niños y se desarrolla en los adultos. Por esto, perdemos mucho cuando dejamos de ser como niños. Perdemos, porque no progresamos y no tenemos calidad de vida. No progresamos cuando vivimos con prejuicios, atacamos al otro, hacemos las cosas por hacer y sin la mínima pizca de creatividad. No tenemos calidad de vida cuando dejamos de sacar un tiempo para nosotros, nos da miedo ser auténticos o no reímos lo suficiente.
El problema es que estas conductas se nos inculcan desde pequeños. Así se bombardea a los niños con la idea de que deben ser como “adultos”, y se vende una idea equívoca de madurez humana, asociándola con el hecho del paso de una edad biológica a través de cierto número de años.
La madurez, más que dejar de ser niños y actuar como “adultos”, es tener conciencia de algo y capacidad de entendimiento. Ese algo pudiera englobar muchas cosas, pero se refiere particularmente a la conciencia de sí mismo y del mundo que lo rodea.
La niñez es un tesoro que vive y permanece en cada uno hasta el fin de su existencia. Las experiencias vividas cuando se es niño determinan la vida del adulto. De ahí la necesidad de que en esa etapa se dote a la persona de todo el amor y las atenciones correspondientes. Sin embargo, es precisamente el desamor lo que impera en gran parte de los hogares de este país. El desamor es la fuente de todos los males de la humanidad, por esta razón, asegurar la integridad psicológica de la niñez panameña debe ser un asunto de Estado.
En definitiva, lo que queremos externar es que debemos perder el miedo a ser como niños. No se trata de volver a jugar con trompos ni de evadir responsabilidades. Se trata de ser felices, realizando lo que nos hace bien, sin remordimientos: jugar, disfrutar con los amigos, reírnos y bailar. También se trata de no inhibirnos cuando se nos ocurren ideas, consideradas como “locas” para el común de las personas. De ellas, en la gran mayoría de los casos, salen cosas grandes.
