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No convencen, aunque crean que vencen

No convencen, aunque crean que vencen
Sede del Tribunal Electoral, en Ancón. Pastor Morales

De Miguel de Unamuno, inmortal de las letras españolas, ha corrido un mito repetido miles de veces y en un puñado de versiones: su discurso el 12 de octubre de 1936 en la Universidad de Salamanca, donde se enfrenta con su única arma, las palabras, al fascismo del ejército franquista, al caer en cuenta del horror que se venía sobre España y la libertad, después del fusilamiento sin juicio al alcalde de la ciudad. Frente a un general, un obispo, la esposa del futuro dictador de España, académicos, estudiantes y falangistas les espetó -al menos eso es claro- tres ideas: la fuerza puede someter a los pueblos, pero no convencerlos ni persuadirlos a que renuncien a su libertad; glorificar la muerte, es condenar la vida; ni Cataluña ni el País Vasco, su tierra natal, eran la anti-España. Su frase más citada del episodio, “venceréis, pero no convenceréis”, todavía genera controversia entre puristas históricos. Lo dijo textual. No lo dijo textual. Uso los infinitivos verbales…

Los recuentos utilitarios o románticos, políticos o filosóficos, de acuerdo al interés de los que salieron de aquel recinto y repitieron la intervención del gran intelectual, han servido por más de ocho décadas a historiadores, escritores y cineastas para plantear la dicotomía del sometimiento por la fuerza de los pueblos, mientras la persuasión de las ideas pretende ser relegada, pero que en la mente humana -y aquello que llaman espíritu- no desaparece. Al contrario, por naturaleza, se refuerza.

Proporciones muy bien guardadas, todo lo que hemos vivido en las últimas semanas con las reformas electorales y las actuaciones de la casta política, tanto de los diputados de partidos políticos y del propio ejecutivo con ese “veto” parcial, que terminó con la aprobación del nuevo Código Electoral el pasado 22 de octubre, me recuerdan el argumento del gran escritor: con la fuerza que detenta en este momento la casta cree vencer, pero no puede convencer ni persuadir a la ciudadanía de que renuncie al auténtico derecho de tener elecciones no solo libres, sino justas.

Las reformas electorales -cómo están en la nueva ley- generan inequidades económicas entre las fuerzas políticas del país, hoy día expresadas más allá de los partidos políticos, que acaparan un subsidio electoral de por sí escandalosamente alto, para el tamaño de país que tenemos. Haber mantenido esa fórmula matemática infeliz del cociente y el medio cociente que da como resultado diputados de partidos sin legitimidad real de votos, burla la voluntad popular. Como estos ejemplos, tantos otros, especialmente en el tema del financiamiento de la política, su transparencia y rendición de cuentas, donde forzosamente se cruza la política y el crimen organizado. Y sal en la herida: la carta del presidente, justificando lo injustificable, predicando una apología al sistema clientelar que no reconoce la evolución política, social y ciudadana de los últimos 20 años. Impresentable. Revela además lo que siempre hemos sabido: a pesar del voto castigo que nos ha dado una alternancia en el poder desde la elección de 1994, los partidos tienen un pacto para beneficio mutuo. No hay oposición seria ni responsable.

Una factura adicional, entre muchas que dejó la dictadura, es el patrón de pensamiento paternalista que penetran las estructuras democráticas con esquemas que las debilitan, como el clientelismo, tanto a lo interno del aparato gubernamental, como a lo externo con el electorado. La casta política sigue apostando a propagar la ignorancia, a hacer uso de los recursos estatales para alimentar la campaña electoral permanente e ilegítima que esclaviza a las comunidades, sin proveer soluciones verdaderas y sostenibles a sus problemas vivenciales: educación, salud, trabajo.

Las inequidades que generan estas reformas electorales nos alejan de que el sistema democrático permita, a través del voto, ajustarse a los cambios sociales. Las opciones que vemos a lo interno, con esta partidocracia institucionalizada que se regodea en un poder que ignora las exigencias ciudadanas, y las que vemos a lo externo en la región, con países que por esa vía han perdido sus libertades víctimas de autoritarismos, hacen más vigentes que nunca, las ideas de Unamuno aplicadas a nuestra realidad: señores potentados de partidos políticos, ustedes creen haber vencido con su Código hecho a medida para burlar la voluntad ciudadana, pero a la ciudadanía ni la convencen ni la persuaden, no renunciamos a nuestro derecho y aspiración de elecciones justas, al cambio y a la transformación.

La autora es escritora y abogada


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