Hace unos días, en el noticiero, escuché que los comerciantes de El Valle de Antón se negaban a cerrar en fin de año porque consideraban insostenible y arbitraria la medida. Tengo que admitir que en ese momento me llené de optimismo y pensé: ‘finalmente entendimos que nuestra democracia peligra’. Inmediatamente vinieron a mi mente las declaraciones del excontralor José Chen Barría en el Knockout de Flor Mizrachi: “la desobediencia civil va a ser el cambio en este país.”
Entiendo y estoy viviendo en carne propia lo que este nuevo confinamiento significa para nuestros negocios. La incompetencia de nuestros gobernantes parece habernos arrinconado, dejándonos sin alternativas para poder parar tanto luto.
El escenario hubiera sido muy diferente si quienes manejaran la crisis fueran personas sin arrogancia, capaces de analizar, prever, organizar y planificar en base a data dura, pensando en el pueblo y no en sus egos, sus avances políticos y sus bolsillos.
Vivimos en una precaria democracia, caracterizada por un estado de derecho débil, ya casi inexistente. Nuestra vivencia de país está llena de magulladuras provocadas por las cada vez más latentes violaciones a nuestros derechos y a la ley, y por la enorme desigualdad y la falta de credibilidad en los tres órganos del Estado. Los escándalos son graves y se dan a diario. Y los hay porque no hay consecuencias, porque nosotros no despertamos para exigirlas. ¿Qué más necesitamos para despojarnos de la indiferencia que nos aturde y ver en nuestro despertar colectivo la desobediencia civil como un paso ineludible para avanzar en nuestra madurez social?
Esto no es una llamada al vandalaje, la violencia ni el descontrol. La insubordinación ciudadana no debe ser tomada como una renuncia al orden democrático, sino como una acción estabilizadora, ya que es nuestro derecho fundamental disentir o cuestionar la forma en la que somos gobernados, de manera ética y colectiva. Pero, además, es nuestro deber, materializado en forma de una herramienta excepcionalmente estratégica, para proteger nuestra libertad y construir nuestra democracia.
Es momento de entender que nosotros somos la solución. Que somos únicamente nosotros, en el uso pleno de nuestros deberes y derechos, los potenciadores del cambio que anhelamos ver.
Esta no sería nuestra primera vez. Hace menos de 30 años tomamos una decisión que cambió el rumbo de nuestra historia: no dejamos que el miedo nos paralizara, y unidos por nuestro deseo de libertad y la esperanza de un mejor futuro para todos, nos aferramos a la desobediencia civil como una potente arma en la lucha contra la dictadura. Ojalá que pronto hagamos uso de este recurso que tenemos a disposición como instrumento indispensable para la defensa de nuestra libertad, equidad y justicia. El tiempo es corto y Panamá se nos acaba.
La autora es psicóloga, empresaria y propietaria de restaurante