Pandemia

Nuestro cuerpo es un arma

Nuestro mundo cambió repentinamente. Una sociedad que valoraba el movimiento y la funcionalidad ahora lucha contra el malestar que le provoca el aburrimiento y la soledad. Un mundo que admiraba a los billonarios y a las celebridades se encuentra admirando a todo el personal médico y científico, a los que nos reparten nuestras compras, a los que continúan limpiando nuestras calles y recogiendo nuestra basura.

Una humanidad que demostraba su amor a través de besos y abrazos ahora debe entender que sus muestras de afecto físico pueden ser letales.

¿Hemos pensado cuánto comunicamos con nuestro contacto?

¿Cuántas veces un abrazo de despedida transmitió nuestra tristeza?, ¿cuántas veces pusimos nuestro brazo alrededor de los hombros de otro para enseñarle que estamos aquí?, ¿cuántas veces expresamos la profundidad de nuestro amor con un beso, con una caricia?

Ahora nos encontramos valorando y extrañando a todas estas personas a quienes queremos. Queremos verlos, oler su esencia, sentir su calor. Queremos demostrarles lo mucho que nos importan, pero ahora nuestro cuerpo se ha vuelto un arma. Las muestras físicas de amor son peligrosas, son evitadas y disuadidas.

Antes nos liberábamos de la culpa de no pasar tiempo con nuestros hijos porque estábamos trabajando. No más excusas.

Nos quejábamos que no teníamos tiempo para dedicarle a nuestros seres queridos. No más excusas.

Nos habíamos olvidado del tío abuelo o de la prima introvertida. No más excusas.

En este momento es importante recordar que tenemos distintas maneras de expresar nuestro aprecio y cariño. Las visitas se reemplazan por llamadas los abrazo por un “te quiero”. El amor no se ha disipado; al contrario, estamos más conscientes de él y más dispuestos a mostrarlo. En estos días no huyamos de las expresiones verbales de amor que a veces nos cuesta. Sintámonos confiados y empoderados de decirle a los demás que los queremos, que nos importan, que los extrañamos.

Mientras nuestro cuerpo se ha vuelto un arma, nuestro corazón sigue intacto.

La autora es psicóloga

Edición Impresa