En esta época de cancelación del pasado, de revisionismo absurdo e imposición del pensamiento único, celebrar la figura de Federico García Lorca, nos reconcilia con una mirada que va más allá de estereotipos y barreras de género. Porque la hondura de Federico no responde a ningún otro estándar que no sea el de la belleza.
Tan rompedora y trascendente es la mirada de Federico, que una obra como “La casa de Bernarda Alba”, no pierde ni un solo matiz puesta en escena en Panamá. La vi representada en el Teatro Nacional antes de la pandemia, y el público aplaudió a rabiar la poderosa interpretación del texto de Lorca. ¿Por qué? Porque no se trata de españoles o panameños, no se trata de los de allá y los de acá, se trata de dibujar emociones universales en carnadas en personajes creíbles, relevantes; dotados de vida con la belleza de las palabras.
Este Bicentenario es una buena oportunidad para cruzar puentes culturales. El asomo a la obra de Federico nos reconcilia. No entiendo esta tan importante efeméride sin una actividad cultural más enfocada al reconocimiento cultural entre Panamá y España. Hemos perdido, otra vez, una gran oportunidad de hacer historia. Y esto no es culpa de la pandemia: es mediocridad, y punto.
Nuestro Federico es, entonces, un ejemplo de escritor que se saltaba todas las reglas porque las conocía. Fue capaz de dar voz a mujeres, a niños, a hombres; supo amar a América más allá de viejas conquistas y barbaries; supo interpretar y poner en escena, con acento andaluz y universal, la belleza de una mirada traspasada de palabras.
El mejor camino para celebrar a Lorca, es el de su poesía, siempre llena de canto, de colores, de amores apasionados y secretos. Su teatro revela otras honduras que nos darían para un buen puñado de tertulias en las que bebernos sus poderosas imágenes. Así leemos a nuestro Federico: a tragos largos de poesía.
El autor es escritor

