Mi objeción a la objetividad

Se debe reprimir al subjetivista atrevido que todos tenemos dentro, porque si no, meterá la información en una procesadora individual y la devolverá como un puré de ideas propias

Observe que el título de esta columna comienza con el adjetivo posesivo “mi”; con esto quiero decir que soy yo quien objeta y que no deseo involucrar a nadie más. Esa mala consejera, la bilis, me impone ciertas diferencias con la objetividad. Además, objeto a la objetividad porque ella es lo menos personal que hay y yo soy viciosamente personal. Si pudiera, la objetividad objetaría que la esté zarandeando en estos insistentes juegos de palabras y que utilice su “existencia real” como trampolín para mis metáforas. Pero, ¿qué quiere? la “existencia real” –zumo de la objetividad–, para mí es un pensamiento ideal.

Algo que recalcan en las aulas universitarias a los alumnos de comunicación social es: «Debéis ser objetivos, no permitáis que la información que vais a dar al público sea deformada por vuestros puntos de vista personales». Yo hago lo contrario. También aparece la objetividad como uno de los principales mandamientos a guardar en los decálogos del buen periodista, y en libros y manuales de estilo de los periódicos. Cosa extremadamente difícil de cumplir. A un buen lector no se le escapa la querencia de un periodista –aunque trate con toda su alma de ser objetivo–, pues se escurre en un adjetivo, tose en la construcción de una frase o se cuela en una pregunta ladina de la entrevista.

Información, he aquí el novio con el cual se casa la objetividad. Sacro matrimonio en que se pide que la unión palabras-información, no la desuna el díscolo argumentista. Se debe reprimir al subjetivista atrevido que todos tenemos dentro, porque si no, meterá la información en una procesadora individual y la devolverá como un puré de ideas propias. Peccatum mortalis.

Un estudiante va a la Universidad a convertir en ciencia sus conceptos de la vida. La ciencia ha de reglamentar su actividad profesional, ha de entrenar sus sentidos de manera que no huelan, sientan ni vean sino lo posible, lo que está al alcance de sus manos, de sus narices, de sus ojos. El paso siguiente es mucho más difícil, dar con las palabras exactas que hagan objetiva e impoluta su información. La nobleza del periodismo es servir la mesa a los opinantes, siempre hambrientos de asuntos. Sin la realidad que nos brindan los periodistas de oficio, seríamos un desayuno sin café.

Pero, ¿cuán real y cuán pública es la objetividad? Difícil rendir un informe.

Si hay algo que todavía me hace abrigar esperanzas con el género humano, es precisamente la diversidad de opiniones que genera una información. El opinar es síntoma de que se piensa (ojo: tampoco creas esto al pie de la letra), y nada es más saludable para un pueblo. Declararse vocero de la imaginaria “opinión pública” es tan imposible como rascarse una nalga con el codo.

¿Puede un artículo periodístico ser más objetivo que una fotografía? Déjeme decirle que la fotografía no es tan objetiva nada. La foto capta un ángulo, un plano, y nada más. Tendrías que tomar fotos al objeto desde cada uno de los 360 grados que lo rodean, y aún así no sentirías su peso ni tendrías la menor idea de su composición química; además, ya sabemos que, igual que las ideas, las fotos se pueden retorcer o retocar o reconflautar.

Más que objeto, la objetividad es un muestrario de posibilidades. ¿Es objetiva una entrevista transcrita al pie de la letra? Tal vez, si consideramos objetiva el no salirnos de las preguntas y las respuestas. Mas, ¿cuánta verdad hay en esas respuestas? Yo diría que entre 0.5 y 80.2%... si el entrevistado soy yo.

Resumiendo, por lo escrito hasta ahora, no parece muy objetiva mi objeción a la objetividad. Puesto a escoger entre metafísica y ontología, me voy con la primera. Ciertamente estoy ansioso de la objetividad de los demás para, como sujeto, procesarla y convertirla en mi realidad subjetiva. ¡Caracoles! estoy metiéndome en territorios escolásticos, o en las luminosas aulas universitarias donde se otorgan las idoneidades periodísticas. ¡Zape!

Y, después de todo, ¿a qué viene este discurso sobre la objetividad? Pues que antes de los postres, en un magnífico almuerzo que asistí (excelente calidad de comida y de comensales), alguien me preguntó «¿Qué piensas de la objetividad?», pero en ese momento pasaban el carrito de los postres y yo sólo tenía cabeza para pensar en el mousse de chocolate que ya sentía derritiéndose en mi boca. La pregunta era buena. Mi respuesta quedó corta, enchocolatada. Hoy intento otra, pero Tito Piedra, que siempre lee mi columna antes que ustedes, me dijo: «Si confiesas que no sabes nada de eso, saldrás libre».

Para ser objetivo, no le hago caso.

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