EL MALCONTENTO

El odio: Paco Gómez Nadal

El odio: Paco Gómez Nadal
El odio: Paco Gómez Nadal

Son tiempos inciertos, de vivir instalados en la crisis permanente, de buscar enemigos en cada esquina y desconfiar de los amigos en cada instante. Son tiempos extraños, pero no esporádicos. Unos explican que se trata de la crisis final de la civilización occidental capitalista dominante durante los últimos siglos. Otros lo resumen diciendo que es un cambio “epocal”. Los irresponsables defienden que no hay nada nuevo, que el ser humano siempre ha sido una bestia y que superaremos este momento como se han superado otros.

No es el momento ni el lugar para ponerse a trazar el perfil de esta profunda crisis del capitalismo y sus formas, para dibujar el fin de la lógica del empleo o para explicar que la acumulación tiene un límite, incluso cuando de “acumular” gente se trata. Es cierto que ese es el decorado y la raíz de buena parte de nuestros problemas, pero hay otras causas de intensa profundidad que no podemos dejar de lado. No sé ustedes, pero yo, últimamente, con lo que no puedo dormir del todo bien es con el odio que destilan nuestras sociedades (y al decir sociedades, me refiero a nosotros mismos). Hay un odio arrojadizo instalado en los discursos políticos, en los púlpitos verticales, en las palabras mediáticas y en las prácticas sociales.

Ese odio se traduce de muchas maneras: en el desprecio casi físico a esa mano de “indios” que se empeñan en pelear contra la represa de Barro Blanco; en la violencia cotidiana que los hombres practican con sus parejas o con sus hijos; en el asesinato de decenas de personas en una discoteca donde lo único diferente son las preferencias sexuales; en las vallas y muros que Europa, Estados Unidos, Marruecos e Israel levantan contra “los otros”; en el pobre que dispara a otro pobre que consiguió el trabajo de vigilar lo que no es suyo y trató de evitar un robo que nada habría cambiado en este estado de cosas; en las letras de muchas de las canciones que señalan a quién odiar… El odio es viral y las condiciones “ambientales” (la desigualdad, el populismo mediático, el amarillismo, la sangre difundida…) ayudan a extenderlo.

El odio ahora es democrático, plural… Y no es que en otras épocas nos hayamos amado, pero en esta, la autoproclamada como era del conocimiento, de la comunicación, de la posmodernidad, parece más sangrante que hace unas cuantas décadas. El odio es ahora, y esto es lo más grave a mi modo de ver, el reflejo visible de un fascismo de baja intensidad, como lo ha denominado Antonio Méndez Rubio, que se ha instalado tanto en los cuerpos individuales como en el cuerpo colectivo.

Está tan naturalizada la xenofobia, el racismo, la islamofobia, el machismo, la homofobia o la aporofobia (odio a los pobres), que ya no nos sobresaltan casi los anuncios televisivos, los discursos o las políticas que difunden el odio como quien reparte semillas.

Invertimos dinero y esfuerzos de estado en inaugurar obras que ya han sido celebradas de sobra por los corifeos del poder, nos empeñamos en inventar mitos identitarios y en “blanquear” la imagen del país (como en tiempos de la colonia o de la tierna república), pero no invertimos casi nada en revertir estos odios que son la brecha en lo que nos queda, o nos podría quedar, de humanidad. No había recursos ni voluntad para ayudar a los africanos que hemos olvidado desde que cambiaron el país-cárcel de Panamá por la cárcel-país de Honduras, al igual que Francia tiene recursos de sobra para contratar antimotines para controlar huelgas y fanáticos del fútbol, pero no para garantizar condiciones dignas de empleo a la mayoría. El odio empieza por el consentimiento de estas decisiones y se cocina a fuego lento en la caldera siempre prendida de la religión: cuando hay un pueblo elegido o una religión que se considera la única y verdadera, el resto es superfluo y pasamos a la categoría de animales a los que convertir o eliminar.

Hace unos días, leía a un filósofo camerunés altamente recomendable, Achille Mbembe, y este explicaba que el poder gusta de imponer invisibilidad, silencio y olvido ante todas estas tramas de resistencia, y a quien lo enfrenta le aplica una dosis de “brutalización de los nervios”. Y así estamos, de los nervios, con la agresividad a flor de piel, con el odio disparado. Me quedo con su propuesta a futuro que pasa, necesariamente, por dejar de ser indiferentes para superar nuestras diferencias y abandonar la lógica del odio tan diseminada por el capitalismo y el colonialismo para ser unos a otros capaces de restablecer los lazos de afecto, respeto y empatía que cada día nos animan a romper.

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