Callé. El silencio aulló mientras escuchaba. ¿Pandemia? ¿Coronavirus? ¿No que nos jactamos, exagerados, que Dios es panameño y aquí no pasa nada? Pues pasó y mucho. En semanas, la vida del país se trastocó. Se silenciaron las calles, el miedo oteaba el horizonte, mientras esperábamos las 6 pm para saber por quienes doblaban y doblan las campanas.
Lejos de la solidaridad, muchos hicieron gala del “juegavivo “, puñalada trapera a nuestra institucionalidad. Las hordas tomaban por asalto los productos de desinfección, higiene y protección, con perfume a barbarie. Horrorizados, veíamos cómo la economía de servicios y el “hub de las Américas” nos jugaban “la pacheca” y se multiplicaba el número de infectados. Nuestra conectividad al servicio del contagio. El mundo estaba igual de desconcertado: Italia, con pandemia asesina; Madrid, sin salero y callado, Paris, desierto y sombrio; Nueva York, inerte y dormido… Cientos de países, al unísono, fuimos contagiados.
Después vino el silencio que precede a la tormenta. No nos gusta la idea de asumir la responsabilidad e insistimos en endilgársela a otros, como marca la peor tradición panameña ante los descalabros. La responsabilidad es siempre del otro. Es responsable el vecino, los chinos, los que salieron de viaje , la Tuna del Carnaval, el vecino irresponsable. Jamás, nosotros . Nos empezó a quedar pequeña la casa: éramos gigantes en Liliput. Quizás fue justo al revés. Violar la cuarentena se convirtió en el desafío.
Nos hicimos liliputienses ante el reto. Nos desorientaban los especialistas: “váyanse de juerga. No pasa nada”, “esto va para largo”, “reabrimos pronto”. Se multiplicaron las suspensiones de contratos. ¿Se tranca la rueda? Algunos se acordaban cuando les hablaron de un cierre bancario hace más de 30 años.
Con la pandemia, tuvimos que empezar a convivir con nuestros temores, nuestros atavismos y nuestra pequeñez. Nos desenmascaró el virus. Nos hemos quedado como el Rey, desnudos, indefensos y desconcertados.
Nada es corto. No hay un “Back to the Future” que nos coloque en el día anterior al que hubo el infectado 1. Vienen cambios que ni siquiera se atreven a presagiar quienes se preciaban de futurólogos. Más allá del caos y de la incertidumbre, hay un olor de oportunidad en el aire.
Se hizo añicos nuestro paradigma. El coronavirus es la imprenta de Guttenberg del siglo XXI. Nada será igual. Se escribirá y divulgará de otra manera el principio de otra historia. “No me pidas que presagie, que no tengo vocación de Walter Mercado”, me diría un mentoreado.
Pregúntame cómo prepararnos. Nos debemos vestir a toda prisa con el uniforme de la era que inicia. Un uniforme de solidaridad, flexibilidad, humanidad, compasión, productividad, curiosidad y, sobre todo, de amnesia voluntaria. Los recuerdos no serán lecciones. Será el pasado que a veces imaginamos cuando recordamos Petra, Tikal, el Taj Majal, mientras una mariposa revolotea en Chichén Itza, El frenazo fue de aire. En el aire está el futuro. Toca inventarlo.
El autor es abogada y docente