Cada vez que encendemos el televisor o revisamos las redes sociales vemos, cómo la delincuencia se adueña de la vida de nuestros niños y jóvenes. Las pandillas, las drogas, los asaltos, se han convertido en un estilo de vida o de supervivencia, de aquel joven que creció sin padres, que dejó la escuela y que, muchas veces, no tuvo qué comer o dónde dormir. También es “la normalidad” de aquel joven que, desde pequeño, sólo era criticado, insultado o maltratado en lo que se supone era su hogar o que creció siendo testigo de violencia intrafamiliar. Las historias detrás de los que hoy se encuentran cumpliendo una condena por cometer un delito son en apariencia diversas. Sin embargo, todas tienen como denominador común, la falta de acceso a oportunidades.
A principios de este año, conocí a varios chicos de los Centros de Custodia y Cumplimiento ubicados en Panamá Este (Las Garzas) , Chiriquí, Herrera y Colón. Junto al proyecto “Dame un Chance”, enfocado en enseñar valores, y la iniciativa “Actívate”, centrada en ofrecer habilidades de inteligencia emocional, se llevaron a cabo talleres durante tres meses.
En medio de risas, juegos y reflexiones dábamos nuestras clases. En lo personal, no dejaba de sorprenderme la disposición de aprender y las ganas de superarse de los chicos. Escuchando sus historias, me di cuenta del daño que hacemos como sociedad al juzgar y dejar que prevalezcan los estereotipos. Aunque son jóvenes recluidos en centros de cumplimiento, como consecuencia de su conducta, son seres humanos. Si nos hacemos la pregunta de “¿por qué ellos y no, yo?” nos daremos cuenta de que, probablemente, lo único que nos diferencia son las circunstancias en las que nacimos o crecimos.
Según datos del Censo de Adolescentes Privados de Libertad y con Medidas Alternativas en Panamá, los entornos familiares de los jóvenes en conflicto con la ley, nos muestran la centralidad en las mujeres, la ausencia de figuras masculinas y si las hay, generalmente se asocian al consumo de alcohol y a los antecedentes penales. Hay que sumar a todo ello la condición de pobreza en la que crecen los y las adolescentes, la deserción escolar, las actividades de riesgo como el consumo de alcohol y de drogas, el embarazo temprano y la prevalencia de enfermedades infectocontagiosas.
Siete de cada diez adolescentes privados de libertad admite haber sido golpeados en su infancia por padres o cuidadores, factor de enorme trascendencia para la proyección de trayectorias criminales.
En el ámbito de las políticas públicas de seguridad, es importante enfatizar los proyectos de reinserción social con el propósito de brindar mejores oportunidades a los niños y jóvenes. Invertir en cárceles, sin una inversión complementaria en programas de prevención, rehabilitación y reinserción, no produce una reducción significativa de la reincidencia y del delito. Nos beneficiaría a todos si los jóvenes pudieran reanudar sus vidas y reincorporarse de manera efectiva a la sociedad.
Nunca olvidaré las palabras que me escribió un chico de 17 años: “Hola señorita, gracias yo te doy por dedicarme de tu tiempo, ahora yo comprendo que todo lo que haces, lo haces con sentimiento. Sólo le pido a Dios que te proteja siempre porque en la vida hay gente mala que no comprende, pero aún así tú ayudas a la gente como nosotros que andaban por la vida perdiéndose poco a poco. (…) Yo era de las personas que no tenían sentimientos, pero llegaron personas como ustedes que no me están mintiendo, dándome consejos y ahora lo comprendo que no importa quién yo sea, solo importa cambiar lo que estoy haciendo.”
En un país en el que 1 de cada 3 niños, niñas y jóvenes es pobre multidimensional, tenemos la tarea de equilibrar las oportunidades; atender a estas poblaciones, muchas veces olvidadas; cuidarlos y protegerlos. Sus historias de vida pueden ser muy diferentes. Démosle las oportunidades que tuvimos. Seguro que cambia toda la historia.
La autora es cofundadora del proyecto Actívate LLAC 2019 y miembro de Jóvenes Unidos por la Educación.
