Resulta fácil ver que los derechos humanos de una mujer son violados cuando un gobierno le exige que envuelva su cuerpo y rostro en un velo que todo lo oculta, como solía hacer el talibán cuando gobernaba Afganistán.
Debería ser igualmente fácil ver la violación cuando un panel parlamentario de Francia recomienda, como lo hizo esta semana, excluir a mujeres que usen dichos velos, la burqa y el niqab, en el uso de servicios públicos, incluyendo escuelas, hospitales y transporte público (los velos musulmanes ya fueron prohibidos de las aulas en escuelas públicas desde 2004).
En vez de condenar la recomendación, el presidente Nicolás Sarkozy, al parecer, está decidido a superarla. Ya declaró que “los velos de cuerpo completo no son bienvenidos” en Francia.
El líder de su partido en el Parlamento quiere aprobar una ley que prohibiría a las mujeres el uso de burqas y niqabs en las calles.
El talibán estaría conforme. El resto del mundo debería declarar su repulsión.
Para mala fortuna, todo parece indicar que los políticos franceses son voluntariamente ciegos a la violación de libertades individuales.
Con las elecciones regionales programadas para marzo, Sarkozy y sus aliados están buscando con desesperación formas de desviar la ira popular a causa del alto desempleo.
Es difícil producir empleos y muy fácil propagar prejuicios antimusulmanes.
Francia tiene más de 5 millones de residentes musulmanes, la mayor población en comparación con cualquier otro país de Europa occidental. Se dice que menos de dos mil visten velos de cuerpo completo, lo cual no representa una amenaza obvia a la identidad o seguridad galas. Pero, debido a que son tan pocas, se convierten en un objetivo electoral tentadoramente barato.
Las duras críticas a los musulmanes han sido una potente forma de obtener votos para políticos de la derecha de extrema en Francia, más notablemente Jean-Marie Le Pen.
Con claras intenciones de extraer algunos de esos votos, el gobierno de centro-derecha de Sarkozy ha pasado meses promoviendo un debate nacional sobre la identidad francesa que a veces resulta imprudente y, otras, amenazador. Ninguna ganancia en el ámbito político puede justificar la promoción del odio.