En el verano de 1959, Edwin Torres consiguió un empleo que le pagaría 60 dólares semanales y terminó en la primera plana del El Diario. Acababa de ser contratado como el primer subprocurador de distrito de origen puertorriqueño en Nueva York; y probablemente, así lo cree él, de todo Estados Unidos.
Aún recuerda el titular: “Hijo ejemplar del barrio se convierte en fiscal”. Se habría pensado que yo había sido nombrado procurador general, dijo. Así de importante fue.
Medio siglo después, la larga, y a veces agridulce, historia de los puertorriqueños en Nueva York sumó un capítulo festivo el jueves de esta semana con la confirmación del Senado estadounidense de la nominación de la jueza Sonia Sotomayor para la Suprema Corte.
Su travesía personal pasando de una casa uniparental en un complejo habitacional del Bronx Sur a las mejores universidades de Estados Unidos (conocidas de manera conjunta como la Ivy League) y una impresionante carrera en el ámbito legal han dado origen a un feroz orgullo en muchos otros puertorriqueños que atisban reflejos de sus propias luchas.
Esto se relaciona con la aceptación que nos eludía, dijo Torres, de 78 años de edad, quien se ganó una distinción como jurista, novelista y cronista.
Cuando yo empezaba, iba más allá de la imaginación de cualquiera que un puertorriqueño pudiera ascender a dicha posición, a la Suprema Corte.
Indiscutiblemente, el escalafón más alto que cualquier puertorriqueño haya alcanzado en Estados Unidos, la nominación de Sotomayor es un momento histórico para los puertorriqueños de Nueva York.
Esto se suma a los logros que otros de su generación han alcanzado en negocios, política, artes y en cultura popular. Extiende el legado de una generación anterior, menos conocida, que creó el servicio social e instituciones educativas que persisten hasta estos días, brindando ayuda a recién llegados de México y la República Dominicana.
No obstante lo anterior, la ciudad también ha sido un lugar de corazones rotos. Si bien a los puertorriqueños se les concedió la ciudadanía estadounidense en 1917 y grandes números de ellos llegaron a Nueva York en la década de los 50, la pobreza y falta de oportunidades siguen tachonando algunos de sus barrios.
Un informe emitido en 2004 por un grupo en defensa de los hispanos demostró que en comparación con otros grupos latinos a lo largo de Estados Unidos, los puertorriqueños tenían el mayor índice de pobreza, el menor promedio de ingresos familiares y la mayor tasa de desempleo entre varones.
En lo que a política respecta, el pionero Herman Badillo fue testigo de cómo su carrera pasó de una serie de buenos comienzos en los años 60 a la frustración en los 80, cuando sus sueños de convertirse en el primer alcalde puertorriqueño de la ciudad fueron detenidos por los jefes políticos de Harlem.
Apenas hace cuatro años, Fernando Ferrer fue derrotado de manera contundente en su postulación en contra del alcalde Michael R. Bloomberg.
Todos esos retrocesos perdieron su aguijonazo, aunque sólo momentáneamente, bajo el brillo del logro de Sotomayor, del cual muchos de sus compatriotas puertorriqueños dicen que es tan monumental para ellos como lo es la victoria del presidente Barack Obama para el segmento afroestadounidense.
Esto ha reafirmado un sentido de la identidad puertorriqueña en momentos cuando la distinción a menudo se pierde en etiquetas generalizadoras como latino e hispano; e incluso al tiempo que se somete a comparaciones negativas.