De cada cien mujeres que quedan embarazadas, una de ellas resulta con un embarazo ectópico. Un fenómeno que por alguna razón, aún desconocida, resulta cada vez más frecuente.
Un embarazo ectópico se produce cuando el óvulo liberado del ovario se atasca en la trompa de falopio después de ser fecundado y no llega nunca al útero. La mayoría de estas complicaciones ocurre en las trompas, pero el óvulo también puede instalarse en el abdomen, el ovario o en el cuello uterino.
En ocasiones el huevo se instala a medio camino entre la trompa y el útero. Cuando esto ocurre, se producen dolores abdominales y pérdida de sangre. Además, dado que el feto tiene más espacio para crecer, la rotura se produce entre las 12 y 16 semanas de embarazo, lo que se convierte en un peligro mortal para la mujer.
Si el feto muere en una fase temprana, no hay peligro de que las trompas de falopio sufran daño. Si el embarazo continúa, las paredes de la trompa se desgarran y se produce hemorragia. Una pérdida de sangre masiva puede provocar una reducción grave de la presión arterial y la mujer puede incluso sufrir un shock.
Se detecta un embarazo ectópico cuando la prueba de embarazo resulta positiva, pero el útero es más pequeño de lo esperado. Una ecografía mostrará el útero vacío y sangre en la cavidad pélvica o abdominal. Con un laparoscopio, el médico podrá visualizar el óvulo fuera de lugar.
La mayoría de las veces, los embarazos ectópicos deben ser extirpados quirúrgicamente. Mediante una incisión dentro de la trompa se extrae el feto y la placenta. El médico deja abierta la trompa para que esta cicatrice de manera que la mujer pueda quedar embarazada nuevamente. Algunas veces, la lesión producida por el óvulo mal instalado es lo suficientemente grave como para requerir la extirpación de la trompa.

