El abogado Niccoló Ghedini luce pinta de lo que con toda probabilidad es: un triunfador en los tribunales y en la vida, disfrazado de lo mismo; gafas de niño bueno; corbata de ejecutivo en forma; traje de mucho dinero que, quienes ejercen de abogado de cualquier ultramillonario, no han de andar de trapillo. El abogado Niccoló, por añadidura, nos ha dado la clave para entender lo que sucede en Italia, país que se hace cruces ante los saltos mortales de su Presidente. Porque Niccoló, sobre abogado sin más, lo es de Berlusconi, ahí queda esa. Y ante tanta declaración de meretriz despechada por los mil eurillos que ha recibido del cavalliere por todo precio, el abogado Niccoló ha dictado sentencia: no existe delito alguno porque Berlusconi era el usuario final.
Él mismo, en exclusiva. Las fotografías del ministro aquél, no sé si polaco, con las vergüenzas al aire no cuentan porque el pobre, a lo que se ve, no se comió una rosca. Todas las velinas, todas las patricias, todas las noemíes se destinaban a lo mismo: a la mayor gloria y disfrute de quien –su abogado lo confirma– no repartía ni las sobras. No vayan ustedes a creer que la magnanimidad es virtud de ricos y poderosos; eso sería antes, en tiempos renacentistas, cuando costaba distinguir entre favoritos, musas, eunucos, válidos y demás personajes áulicos. Alguno de los protagonistas de los sucesos de Berluscolandia ha dicho que aquello parecía un harén pero yo creo que se equivoca. Los harenes tienen sus reglas de juego, su intriga, su miaja de grandeza imperial. Pero ¿se imaginan ustedes a Mozart componiendo una pieza para el serrallo de Berlusconi?
Lo de usuario final suena a Impuesto del Valor Añadido, a procedimiento administrativo y, sobre todo, a farol. Por más que se tiña la pelambrera, por mucho que se la sujete al cráneo con afeites varios, por mucho colágeno que se inyecte, toxina del botulismo que se aplique y masajes que reciba, el señor Presidente va ya de carcamal. Es lo que tienen los años, por muchas píldoras que se inventen: que, de utilizarse de forma torcida, llevan de cabeza patetismo. Si Berluscolandia era una fiesta del tipo que todo el mundo cree que era, el papel que le cuadra al dueño de media Italia y usufructuario del resto es el de anfitrión. Ahí el abogado Niccolá debería haber sopesado con más detenimiento los pros de montar una coartada penal y los contras de hacer pasar a su patrón, a causa de tanta cautela, por un necio arrogante. Y eso dejando de lado las connotaciones peores que remiten, ahora sí, a los serrallos en régimen de esclavitud.
Usuario final. Qué tremendo. ¿Usuario de qué, por otra parte? ¿De cuerpos y almas? ¿De pactos y votos? ¿De sobornos y traiciones? Lo peor de este mundo al que las tantas Berluscolandias como hay nos están llevando es que cualquier respuesta hiere. No, si al final resultará que ver al cavallieri como un anciano presumido sería la mejor luz al fin del túnel.