POCO IMPORTA

El país de las apariencias: Carlos Guevara Mann

El país de las apariencias: Carlos Guevara Mann
El país de las apariencias: Carlos Guevara Mann

Vivimos, aparentemente, en un paraíso. A medida que el avión se aproxima al aeropuerto de Tocumen, se aprecia desde la ventana una imponente línea de rascacielos: un panorama urbano único en la región.

Con frecuencia me pregunto cuántos edificios tienen protección antisísmica. No por ser aguafiestas: según estudios geológicos, la probabilidad de un sismo grande es real (Live Science, 18 de noviembre de 2010, http://www.livescience.com/11205-major-earthquake-looming-panama-canal.html).

Típicamente, aparentamos lo que no somos. Fingimos ser un país sin terremotos ni desastres naturales (cuando nuestra historia geológica está marcada por los temblores de tierra, tanto leves como intensos).

Sostenemos que Panamá tiene alto desarrollo humano. Así lo indica el más reciente Informe de Desarrollo Humano del PNUD, según el cual los niños panameños acuden a la escuela, en promedio, durante nueve años (http://hdr.undp.org/sites/default/files/hdr_2015_statistical_annex.pdf).

En ese lapso, mínimamente deberían aprender a leer. Muchos de ellos, sin embargo, a duras penas pueden balbucir (¿de Balbina?) las palabras con que a diario tropiezan.

En lo que a escribir respecta, la cosa es tétrica. Mi apreciada Berna Calvit dio un ejemplo inolvidable en su columna del lunes: “Ay que darle en la ‘cabesa’ a Ayú Prado” (La Prensa, 21 de marzo). He allí expuesta, sin necesidad de estudios ni consultorías, la efectividad de nuestro sistema educativo.

Con la complicidad de algunos organismos internacionales –y sobre la base de los datos mentirosos de la estadística nacional– nos dicen (y repetimos) que somos un país con una calidad de vida envidiable. Que ningún Estado de la región supera nuestra expansión económica.

Que crecimos (¿todos?, no creo) 5.8%, mientras que la economía latinoamericana disminuyó en 0.7% en 2015 (según el Banco Mundial). Que los precios al consumidor solo aumentaron 0.2% en 2015.

Esto afirma la estadística nacional, la misma que consiste de datos desfasados, procesados sin rigor científico –como lo advirtió La Prensa (13 de marzo)– y cuyo personal llevó a cabo el terrible y defectuoso censo de población de 2010 (los adjetivos se los puso el Hoy por hoy de esa misma fecha).

Nos gusta repetir que somos “Panamá la verde”, como la llamó Blasco Ibáñez: el país con la mayor diversidad del mundo (los colombianos aseveran lo mismo acerca de su patria). Pero, revuelva usted la mirada y sentirá espanto.

Verá devastación de manglares por tíos de expresidentes y otros personajes influyentes; polución hasta en los más recónditos ríos (el Chucunaque y el Tuira, por ejemplo); quemas de llanos, montes y potreros (un promedio de 47 incendios diarios, según el Benemérito Cuerpo de Bomberos, tal cual lo informó este diario el 29 de febrero).

Llorará la pérdida de la laguna de Matusagaratí, el humedal más grande de la República, entregado por las autoridades a un saqueador colombiano y otros depredadores del ambiente para que lo quemen, lo drenen y lo destinen a la agricultura comercial y la ganadería extensiva. Paco Gómez Nadal lo denunció el 15 de marzo y, el 20 del mismo mes, La Prensa dio seguimiento en un tremebundo reportaje.

En un país normal (¿de alto desarrollo humano?) semejante noticia produciría renuncias inmediatas en el Ministerio de Ambiente, por su “notoria y pública incapacidad”, como lo señaló el profesor Ríos Torres (20 de marzo). Pero en el Panamá del “primer mundo”, nada que ver.

Aducimos ser un país serio –no como los vecinos– pero cuando Brasil condena a su principal empresario a 19 años de cárcel por corrupción, acá los del Metro y la renovación colonense aseguran que la compañía brasileña seguirá ejecutando obras multimillonarias sin consecuencia alguna.

Dice el contralor que no puede investigar los contratos de Odebrecht “si no se lo solicitan” (TVN, 14 de marzo) y que “una auditoría técnica es sumamente complicada” (La Prensa, 15 de marzo). Respuestas de primer mundo de un funcionario a cuyo despacho le ha tomado más de un año auditar las extrañas cuentas de su tío Gustavo (La Estrella, 18 de marzo).

No es mi intención, amigo lector, amargarle la Semana Santa. Sí creo importante que dejemos de aparentar lo que no somos y asumamos lo que sí somos: un pequeño país, con interesantes recursos, mal gestionados por un sector dominante ignorante y codicioso. Hay que ponerlo en su lugar.

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