[REFLEXIONES]

En el parque

Es cuestión de sonreír en caso de que los hijos te digan que ‘saben lo que están haciendo’ y esperar con los brazos abiertos a que busquen consuelo tras el estrépito de los platos rotos.

Los recuerdos de Panamá me llegan como fogonazos unas veces y otras como secuencias completas. En ocasiones me desubico y por un instante no sé si estoy aquí o allí. De la confusión me suelen sacar el paisaje o el clima. O ambos al tiempo. Hoy recordaba el día en que te encontré en el parque del Carmen, una tarde de verano. La memoria se hizo tan vívida, y tan fresca la conversación que tuvimos, que solo la sierra cubierta de nieve que veo desde la ventana logró traerme al presente.

En realidad no hacía tanto que habías salido de la escuela. Eso al menos era lo que me parecía, pero como llevabas a un niño de la mano y a otro en la sillita de paseo; me contaste que habías terminado tus estudios universitarios; que trabajabas y que te habías casado, supuse que debían de haber pasado más de 10 años. No había vuelto a encontrarte desde la noche de tu graduación, cuando me diste un abrazo y me susurraste “gracias” bien bajito. Habías sido alumna mía desde que eras adolescente y llegamos a conocernos bien. Por eso nos fue tan fácil iniciar la charla en aquella banca donde nos sentamos.

Curiosamente no me hablaste de niños, ni de mamaderas ni de empleadas. Tus inquietudes eran otras, como lo fueron siempre, y esta vez el tema fue bien abstracto. Metida ya definitivamente en el mundo adulto, me comentabas que te resistías a dejarte arrastrar por una sociedad deshumanizada en la que para sobrevivir, hay que dejar de lado las virtudes más preciadas y defenderse, de continuo, de las agresiones del entorno.

Por ese camino fuimos a dar al tópico de la caridad, pero no entendida como limosna, sino como respuesta al que nos insulta, al que nos humilla o al que hace gala de ignorancia. “Me niego, –dijiste– a que alguien logre que me convierta en un ser peor del que soy, a que alguien consiga sacar de mí lo peor que tengo”. Lo recuerdo bien.

Supe a qué te referías. Tampoco había que ser un genio para entenderte. Estabas dispuesta a evitar una respuesta rambulera cuando alguien se burlara de ti porque te gusta leer o eludes el cine comercial. Cuando te critican porque tú misma llevas a tus hijos al parque en vez de mandarlos con la empleada, o cuando la compañera bastante menos agraciada que tú, insiste en decirte que hoy amaneciste con mala cara.

Añadí, por mi parte, que es cuestión de sonreír en caso de que los hijos ya grandes te digan que “saben lo que están haciendo” y esperar con los brazos abiertos a que busquen consuelo tras el estrépito de los platos rotos; de mirar cándidamente al recién llegado que pretende enseñarte a hacer tu trabajo; de escuchar con paciencia a la empleada que llevó a la nieta al brujo para conjurar el ojeo, y de no desearle por Navidad al intrigante que el Niño Dios le traiga lo mismo que da. Caer en la trampa de la respuesta hiriente es ser menos de lo que uno es. Es entrar en el círculo vicioso de la agresión; es deshumanizar el trato; es olvidar nuestra propia naturaleza; es... sobrevivir, pero no vivir desde adentro.

Me dijiste también que la mejor enseñanza que recibiste de nuestras clases fue la invitación a actuar según nuestros principios, pero no a reaccionar por impulso. ¿A eso te referías cuando me diste las gracias con un abrazo el día de tu graduación? Pues mira a lo que te ha llevado. Los maestros debíamos medir nuestras palabras. Después de todo, lo que uno quiere es que ustedes sean felices, y tú te debates en un mundo de cavilaciones que te llevan a nadar contra corriente. Es el precio que se cobra tu inteligencia. Es el precio que debes pagar porque yo no fui lo suficientemente caritativa como para dejarte vivir en el limbo de la trivialidad.


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