CONOCIMIENTO

La partícula de Dios: Xavier Sáez-Llorens

Salvo alguna esporádica noticia, escasamente comentada por cibernautas en línea digital, el espectacular acontecimiento revelado por la Organización Europea de Investigación Nuclear (CERN) sobre la potencial detección del bosón de Higgs, pasó casi desapercibido en los medios panameños, una prueba más de que el periodismo criollo, salvo contadas excepciones, solo vive de chisme, farándula, superstición, novela y politiquería tercermundista. Cuando el protagonismo informativo ocurre en temas científicos, mutismo casi total. Una vergüenza.

Intentaré, admitiendo mis limitaciones epistémicas en física, explicar en lenguaje sencillo qué es el bosón de Higgs y qué importancia tiene descubrirlo. Después de una búsqueda exhaustiva de fuentes didácticas, me topé con un estupendo relato publicado en un periódico español por el físico Alberto Sicilia, que me sirvió de plataforma conceptual para esta columna. Empiezo por conocimiento básico. La materia está formada por átomos. Cada átomo tiene una configuración similar a nuestra galaxia pero en dimensión microscópica, es decir un gran núcleo central (sol), constituido por protones y neutrones, circundado por electrones (planetas) que giran a su alrededor. Los protones y neutrones, a su vez, están formados por partículas más diminutas denominadas quarks; los electrones, en contraste, son indivisibles. Como ni los quarks ni los electrones pueden fraccionarse más por ser elementos fundamentales, no se podía comprender por qué las masas de unos y otros eran tan diferentes. Un quark puede pesar 300 mil veces más que un electrón (diferencia de peso entre toro y hormiga). La solución a este enigma fue propuesta por Peter Higgs 45 años atrás y consistía en especular que todo el espacio existente entre partículas elementales estaba relleno por un “campo” invisible. Los quarks, al experimentar una gran interacción con ese campo, poseen una mayor masa que la de los electrones, ya que estos interactúan muy poco. Como analogía ilustrativa, se podría decir que una ballena (quark) pesa mucho y es lenta porque el agua en contacto con su superficie corporal es abundante, mientras que una sardina (electrón) pesa muy poco y nada muy rápido debido a que hay poca agua a su alrededor. El agua, en este ejemplo, representaría al campo de Higgs. Esta teoría propone que la masa de todas las partículas está determinada por un campo que repleta todo el universo.

Pese a décadas de investigación, había harta dificultad para comprobar esta teoría y encontrar el putativo bosón, ese corpúsculo asociado al campo de Higgs. Los inconvenientes técnicos residían en que, primero, se necesitaba demasiada energía (una cantidad similar a la generada durante el big bang para poder detectarlo. Este obstáculo fue solventado mediante la colisión de hadrones (predominantemente haces de protones) en aceleración cercana a la velocidad de la luz. Segundo, porque el bosón parecía desintegrarse rápidamente, desapareciendo antes de observarlo, lo que motivaba que solo se podían medir los “residuos” que dejaba en su descomposición. Era tan complicado el asunto que, en los años 90, el premio Nobel Leo Lederman, en su libro dedicado a las características físicas de las partículas, describió al bosón de Higgs como “the Goddamn Particle” (la partícula maldita), debido a lo elusivo que resultaba identificarla. El editor de la obra, en un afán de originalidad provocativa, modificó el término y suprimió el sufijo damn. De allí surgió el apelativo popular de partícula de Dios.

Aunque soy apasionado de la ciencia en general, mi fortaleza académica reside en el campo de la medicina. Numerosos tecnicismos, por tanto, son ajenos a mi entorno cotidiano. Mayor profundidad requiere la consulta a algún especialista en física de nuestras universidades. Deseo reforzar este punto porque hace algunas semanas un osado, carente de capacitación en ciencia, cuestionó en una columna de este periódico (20/07/2012), al brillante Stephen Hawking. Por fortuna, un filósofo de prestigio envió una réplica aleccionadora a la Página del Lector (01/08/2012). Este tipo de imprudencia es similar a cuando se pretende descifrar la mentalidad de Einstein en código religioso, por más que las cartas y documentaciones dejadas por el genio alemán, demuestran claramente su agnóstica y panteística postura metafísica. Su famoso “Dios no juega a los dados”, se refería a que él no creía en la aleatoriedad del cosmos, explicando la polémica sobre el determinismo por el principio de incertidumbre provisional; su popular frase “El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir”, significaba para él que con cada nuevo descubrimiento emergía evidencia de un ordenamiento molecular alejado del azar, fenómeno que es atribuido por supersticiosos a la faena de un ente sobrenatural.

El hallazgo definitivo del bosón de Higgs aportaría una pieza relevante adicional para intentar descifrar el rompecabezas del origen del universo y arrinconaría aún más al pensamiento mágico que persiste desde épocas primitivas. Falta, empero, muchísima información para acercarnos al último entendimiento de la génesis del cosmos, al menos como lo conocemos actualmente. Seguramente, ante este prometedor suceso, los creacionistas armarán su vago discurso místico para contrarrestar la novedad y continuar sacándole provecho institucional o personal al dogma. Al fin y al cabo, no hay mejor negocio que la fe. Como no deseo entrar en debates estériles, prefiero aconsejar que cada quien se dedique a lo que mejor domina, el que cree a rezar y el que investiga a pensar. Todos contentos. @xsaezll

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