DIVORCIO DE LA REALIDAD

Los partidos y sus círculos de poder: César A. Ruiloba

Los manuales de ciencia política establecen la relación entre los partidos políticos y sus electorados como una serie de círculos de diferente tamaño relacionados entre sí. El más pequeño comprende a los líderes y a sus asesores; luego se encuentran los representantes parlamentarios (diputados); después los miembros activos, es decir, aquellas personas que se dedican gran parte de su tiempo a colaborar con el partido, ya sea como representantes o activistas locales o como funcionarios del mismo; seguidamente vienen los miembros corrientes, que se caracterizan por mantener los vínculos simbólicos con la estructura (pagan sus cuotas y colaboran con tareas puntuales); les siguen los simpatizantes locales que, prácticamente, no hacen otra cosa por el partido que votar por este en las elecciones; y, por último, en la esfera más alejada de todos se sitúa el electorado en general, al que el partido desea persuadir para que le entregue sus votos.

Transcurrido un año desde las últimas elecciones generales, es válido preguntarnos por la suerte de aquellas personas que identificamos dentro de las distintas esferas de los partidos y la relación con sus líderes, toda vez que el triunfo o la derrota electoral generan expectativas internas ligadas con la recompensa material y la inclusión al núcleo del liderazgo, por una parte, y de otra suerte, la renovación o reingeniería política del partido derrotado en las urnas.

En el caso de la alianza triunfadora, Partido Panameñista y Partido Popular, ya es tradición en nuestro país y en casi toda Latinoamérica que mientras se ejerce el poder del Estado las estructuras internas de los partidos vencedores quedan en inacción total y surge, salvo la impronta que dejan sus representantes políticos ante el Congreso y los gobiernos locales, una especie de colectivos fantasma respecto a sus círculos.

Es frecuente que sus líderes tiendan a presumir que la victoria electoral fue consecuencia de factores externos e independientes al partido, lo que implica un acercamiento a grupos ajenos a las preocupaciones de sus miembros activos, y que no se sitúan en absoluto dentro de los círculos concéntricos ya existentes. Por consiguiente, el divorcio entre las estructuras que ejercen el poder real y el resto de las esferas que conforman el conglomerado, generan conflictos insalvables que hacen vaticinar –como la crónica de una muerte anunciada, al mejor estilo de García Márquez– que en el quinquenio siguiente esta alianza no repetirá en el poder.

A propósito de los partidos PRD, CD y Molirena, si bien su retórica formal pasa por exigir su renovación institucional, la falta de debate interno, las contradicciones que resultan de los liderazgos coyunturales y la nula vida partidaria, junto con las luchas históricas relacionadas con las traiciones a nivel interno, sus relaciones clientelistas y una falta de visión sobre el pulso de los temas nacionales, impiden que dichos conglomerados se conviertan –hasta tanto no resuelvan estas contradicciones– en factores reales para optar por el poder político en el futuro cercano.

Aunque la política de hoy se encuentra atrapada bajo la percepción generalizada de ser una actividad mediocre y sucia, que repele a los más honestos y capaces, y recluta a los nulos y pícaros que ven en ella una manera rápida de enriquecerse, la mesa está servida para los nuevos liderazgos, estructuras que refresquen el debate y la vida política del país. Gente comprometida y capaz de identificar los problemas que se generan dentro de la vida democrática y las fórmulas reales de solución.

Requerimos líderes que no teman mostrar su pensamiento, con visión sobre los retos políticos que enfrenta el Estado en pleno siglo XXI. El debate que surgió como consecuencia de la última cumbre latinoamericana de jefes de Estado dejó claro que tanto la ideología como el pragmatismo, pueden amalgamar una hoja de ruta posible para vencer las grandes contradicciones que sufre nuestro pueblo. El país así lo exige.


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