El próximo 26 de junio de 2020, la Carta de las Naciones Unidas conmemorará el septuagésimo quinto aniversario de su firma. Esta importante fecha llegará en momentos difíciles para la humanidad, en medio de una pandemia y de una inminente reconfiguración del orden mundial. Los ideales wilsonianos y rooseveltianos bajo los cuales se establecieron las Naciones Unidas están siendo objeto de amplios y fundados cuestionamientos. Lo anterior ha traído consigo el resurgimiento de la concepción binaria de que las relaciones internacionales contemporáneas y que el modelo mismo de la ONU enfrentan al idealismo con el realismo, al internacionalismo con el aislacionismo y al multilateralismo con el unilateralismo. Esta visión no puede estar más alejada de la realidad pues el proyecto de gobernanza global nunca fue verdaderamente implementado ya que el sistema de la ONU refleja, en realidad, un balance entre estas posturas yuxtapuestas.
Setenta y cinco años después de la Conferencia de San Francisco, el panorama para Panamá no es alentador, pues el orden jurídico internacional basado en reglas, ese orden que ayudamos a construir está convulsionado por concepciones binarias y falsas dicotomías. Lejos de debatirnos entre el internacionalismo-aislacionismo o el multilateralismo-unilateralismo, la opción binaria “a la panameña” es más sencilla y se decanta por una elección entre alinearse con los Estados Unidos de América (EE.UU.) o la República Popular China (China), contraponiéndose al enfoque pragmático que debería caracterizar a nuestra política exterior.
El sistema de la ONU fue concebido y estructurado bajo el liderazgo de los EEUU. Sin embargo, en los últimos cuatro años hemos visto como los EE.UU. ha retomado la postura aislacionista que caracterizó su política exterior durante buena parte del siglo XX y que los llevó a no participar del proyecto de la Liga de las Naciones. Esto se ha traducido en su “retiro” de diversos instrumentos y organismos multilaterales, incluyendo su no participación del Acuerdo Nuclear de Irán, del Acuerdo de París sobre cambio climático y del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, así como la suspensión de su cooperación con importantes organismos del sistema de la ONU como el Consejo de Derechos Humanos y, más recientemente, la Organización Mundial de la Salud. Esta política aislacionista y unilateral con matices de realismo crudo implementada por la administración Trump se alejan del orden mundial que EE.UU. concibió y estructuró y que había liderado de forma consistente. Tal como lo concibió el ex Secretario de Estado del Presidente Kennedy, Dean Rusk, las organizaciones internacionales debían servir para que EE.UU. avanzara sus intereses, pero también para que este país fuese una fuerza de bien en el mundo, dándole expresión a un internacionalismo liberal pragmático que combinaba el realismo con el idealismo.
Por otra parte nos encontramos con el resurgimiento de China y su desafío al orden mundial actual, el cual fue concebido y estructurado sin su participación. Por su configuración política y sus realidades inherentes, China busca cambiar conceptos propios del orden liberal internacional incluyendo democracia, derechos humanos y el derecho internacional del mar. La situación en Hong Kong y el conflicto que ha generado la interpretación y aplicación de la Declaración Conjunta Sino-Británica de 1984, tratado bilateral, ratificado por ambos Estados e inscrito en la Secretaría General de la ONU, es otra prueba del desafío que China plantea al sistema jurídico internacional.
Ante esta realidad, Panamá está obligada a desarrollar una estrategia internacional coherente y pragmática que vaya más allá de los falsos binarios. Esto involucra combinar el idealismo de Ricardo J. Alfaro con una perspectiva realista del escenario mundial. Consecuentemente, es fundamental que identifiquemos cuáles son nuestros intereses (más allá de los comerciales) y cómo podemos avanzarlos; éstos deben incluir la libertad de navegación, las normas comunitarias de gobernanza democrática, los derechos humanos y el desarme. Debemos priorizar y promover el multilateralismo y la cooperación internacional pero no debemos descartar el uso de medidas unilaterales de autoayuda ante violaciones manifiestas del derecho internacional. Un país con experiencias exitosas con el multilateralismo y una posición geopolítica privilegiada no se puede dar el lujo de no tener posturas claras. El proceso de transformación del orden mundial es inminente y nos corresponde posicionarnos de forma estratégica para preservar aquellas normas e instituciones que benefician a la humanidad y sobre estos cimientos contribuir de forma activa en el desarrollo nuevas estructuras. La pregunta es, ¿qué estamos esperando?
El autor es abogado y profesor de Derecho Internacional
