Hemos tenido de visita en Estados Unidos (EU) al presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, un tipo simpatiquísimo que logró reelegirse y conserva un porcentaje de aprobación alto, a pesar de los inmensos escándalos por corrupción de sus colaboradores íntimos. Lo curioso de su viaje a Washington –todavía el centro del poder mundial– es que no lo ha realizado en nombre propio o en procura de ventajas para su país, sino como una especie de representante del subcontinente latinoamericano, papel que siempre se creyó desempeñaría México.
Pero en específico, cuentan los entendidos, Lula vino de valedor del boliviano Evo Morales, el venezolano Hugo Chávez y el cubano Fidel Castro. Y dijo que la inminente cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago sería una buena ocasión para enterrar el hacha de guerra contra esos tres países y establecer una relación respetuosa, si no amistosa. La cosa tiene bemoles.
Porque, vamos a ver, tras la reciente seguidilla de expulsiones de funcionarios estadounidenses de Bolivia, acompañadas como estuvieron de toda clase de denuestos del presidente local, ¿pueden considerarse belicosas o amenazantes las discretas o inexistentes protestas por parte de la Casa Blanca o el Departamento de Estado? Antes al contrario, más anodinas no han podido ser. De manera que si Washington no tiene hacha que enterrar, sería bueno que La Paz enterrara su arco y su flecha y se dejara de sandeces.
El otro cuarto lo alquila el teniente coronel de la verruga grande en la frente pequeña. ¿Pero qué hacha tendría que inhumar Obama si Obama jamás ha aludido a él, aunque no sea por otra cosa que por falta de tiempo o, quizá, porque ni siquiera sabe que existe una hez llamada Hugo el bolivariano? Y al que diga que, bueno, Chávez no se refiere al actual mandatario estadounidense, sino al anterior, habría que responderle que el anterior, desdiciendo su fama de cowboy que desenfundaba rápido, cultivó las virtudes del sordo para no darse por aludido con las groserías sin fin del patán de Barinas. ¡Si hasta le mandó a su padre, el ex presidente George H.W. Bush, para que fueran de pesca juntos y compusieran la batea, a pesar de los insultos del golpista ignorante en el foro más universal imaginable, la Asamblea General de la ONU, donde el insolente dijo percibir un tufillo a azufre porque Dubya había ocupado la tribuna antes que él!
Y para colmo vino a abogar Lula por el más grande dictador que ha dado el hemisferio occidental. En tanto en cuanto principal enemigo por más de medio siglo de la Estatua de la Libertad, es decir, de los yanquis y por supuesto de la libertad –más que los rusos, más que los chinos, más que los muslimes, más que los narcos–, Fidel Castro ha gozado de unas contemporizaciones inexplicables por parte de los gobiernos republicanos, por no hablar de los demócratas. ¿Qué tiene Lula que traer recaditos de esa bestia caribeña para que Obama no lo lleve recio cuando Obama acaba de regalarle, sin siquiera sugerir que debiera dar algo a cambio, una millonada en viajes y remesas de los migrantes económicos cubanos? La intercesión salía sobrando puesto que la voluntad es evidente. Pero Fidel, para demostrar quien es hasta el último día de sus días reales o virtuales, respondió inmediatamente al buen gesto con el mal gesto de anunciar un aumento al impuesto que les cobra a los cubanos que dan albergue a visitantes del exterior.
Tal vez llegó la hora, como siempre quiso el compañero antiyanqui en jefe, de “declarar la segunda independencia de América Latina” y toda la morralla subcontinental a una, con Fidel a la cabeza y de vocero Lula –que es moderado y simpático, aunque fue el organizador del Foro de Sao Pablo–, y el apoyo de mandatarios en la región con fama de decentes, y las simpatías extracontinentales de galifardos y gabachos, propinarle un golpe demoledor al imperialismo yanqui y proclamar la hegemonía de la hasta ahora parte preterida de esta región del mundo. ¡En pie, América!