Cuando yo era pela’a, un pin era el escudito de la escuela, que te abrochabas todos los días en la tira del uniforme, ese uniforme que, al igual que los cuadernos recién forraditos, con todas sus páginas prístinas y llenas de posibilidades, te emocionaba vestir el primer día de clase, cuando estaba recién comprado, y olía a tela nueva.
Unos meses más tarde –en mi caso, días– ya no veías la hora de quitártelo como si fuese manto de leproso, a favor de unos pantalones cortos que te permitieran treparte en el palo de mango o el de aguacate. Por supuesto, ese no fue el primer pin que conocí.
El primero fue el imperdible de los pañales, de los que tampoco me acuerdo (mi memoria solo se remonta a los pantis de algodón con ruchitas de letín en el funchis). Y la humanidad viene utilizando “pines”, pasadores, prendedores o broches desde la edad de hierro.
Hace más de cuatro milenios, los sumerios los elaboraban de forma circular, con hierro y hueso, para afianzar sus prendas de vestir, de igual manera que siglos más tarde hicieron los celtas: aún tengo el vívido recuerdo de un hermoso broche que vi en un museo de Dublín, hecho de hierro, redondo, con un alfiler o pasador recto conectado, que hacía una especie de hebilla y servía para atar los tramos de telas que eran los antecesores de los modernos kilts de los escoceses.
Pero de repente, todo cambió con la era computarizada.
Ahora PIN se usa, primordialmente, como las siglas del Personal Identification Number, o en español, número de identificación personal.
El asunto es que, ya aprendieron aquellos que pretendieron llamar a la red, WWW o world wide web, MMM (máxima malla mundial), y a nadie se le ocurre hablar de NUC.
Todo comenzó inocentemente, con los cajeros automáticos, o ATM (automatic teller machine). Fabuloso. Metías tu tarjetita en la ranura, la pantalla te preguntaba tu PIN y te daba plata. ¡Qué rico!
Y entonces comenzó la fiesta. Que si necesitas un PIN para banca en línea; otro para tu cuenta de Amazon, etc., otro para prender tu celular y ¡ay de ti si este último se te “chispotea” al tercer intento, que luego te pide otra cosa que se llama PUC (personal unblocking code) que de seguro botaste cuando sacaste la tarjetita SIM (subscriber identity number o número de suscripción del abonado) del plástico donde venía, y ahí sí que estás fregada!
Y por supuesto, que cada organización tiene sus reglas de acceso: que solo letras; que solo números; que no menos de cinco ni más de ocho. Y como todo tiene un PIN, y tú la memoria de una arveja, necesitas una caja fuerte o un documento con una clave criptográfica, o sea un encryption, para mantener todos tus “pines” seguros. Ya casi extraño al pin del uniforme.

