La semana pasada, mientras el presidente Barack Obama participaba en un foro público sobre la reforma al sistema de cuidado de la salud, el servicio secreto vigilaba de cerca a un hombre que hacía su protesta armado con una pistola al cinto y un letrero en el que anunciaba: “Llegó la hora de regar el árbol de la libertad”. Con la frase, el pistolero aludía a una máxima de Thomas Jefferson que, en un contexto completamente distinto, sostenía que: “El árbol de la libertad debe refrescarse, ocasionalmente, con la sangre de patriotas y tiranos”.
Más no podía hacer la guardia presidencial: el pistolero tenía la autorización necesaria para portar armas públicamente. Contaba, además, con el permiso de las autoridades de la iglesia contigua a la secundaria de Portsmouth, Nueva Inglaterra, para realizar su protesta desde su predio. También se beneficiaba del respaldo de una nefasta lectura de la segunda enmienda de la Constitución, que protege legalmente a este tipo de provocadores. Y por si no bastara con todo esto, tenía todo el apoyo y el beneplácito de la NRA, la Asociación Nacional del Rifle. Una organización que, de forma paradójica, se ha beneficiado espectacularmente con la elección del presidente Obama.
En noviembre de 2008, el mes de la elección presidencial, la venta de armas de fuego subió un alarmante 42%. A partir de enero de este año, la venta de armas sigue creciendo a un ritmo que ronda el 25%.
Para justificar sus agresivos impulsos, los vendedores, mercaderes, promotores y compradores de armas aducen, sin evidencia que soporte su especulación, que en algún momento Obama va a imponer algún tipo de control a la venta de armas y, por ello, hay que armarse hasta los dientes.
También están convencidos de que, como recientemente dijo el presidente de la NRA, Wayne LaPierre, “los que tienen las armas hacen las reglas”. Otra posible explicación del inusitado incremento de venta de armas ha sido el nauseabundo rumor que circula, sobre todo en las ferias de venta de armamento, en el sentido de que si algo fatal le llegara a suceder a Obama, los afroamericanos y sus simpatizantes iniciarían una revuelta contra los blancos y estos tendrían que estar preparados con sus armas para repeler la agresión. Y esta no es la única evidencia de la mala fe de los elementos más radicales dentro del movimiento conservador que quiere que Obama fracase.
Quienes hoy se oponen a reformar el sistema de salud y se arman para intimidar a las autoridades con sus protestas son los mismos que, alentados por sus nefastos voceros, como Lou Dobbs en CNN y Bill O’Reilly en Fox, pretenden negar que el Presidente naciera en territorio norteamericano.
Son parte del ala más radical del Partido Republicano que, de forma desvergonzada, disemina información dolosa, asegurando que el plan de salud de Obama establecería “paneles de la muerte”, encargados de decidir qué abuelas deberían ser atendidas y cuáles deberían ser eliminadas.
Enfrentado a barbaridades como estas, el Presidente no puede darse el lujo de bajar la guardia. Debe aclarar que los proyectos de ley actuales son iniciativas del Congreso, no del Ejecutivo y que, por supuesto, en ninguno de ellos se contempla incluir atrocidades como las que inventan sus detractores.
Al mismo tiempo, debe exponer con claridad sus ideas sobre la reforma en puerta. Dado el clima de crispación imperante, Obama debe dedicarse a recorrer el país, dando respuesta a los argumentos de quienes de buena fe se oponen a la reforma, porque le temen o porque no entienden con claridad sus implicaciones.
En el futuro inmediato, es poco lo que el Presidente puede hacer para debilitar el poderosísimo cabildeo de la venta de armas. Las prioridades de la agenda presidencial se lo impiden. No obstante, valdría la pena que Obama se valiera de las palabras de George Washington para recordarle a la ciudadanía que, una vez establecido el gobierno constitucional, no hay lugar para los abogados de la insurrección.