¿Qué fue del pobre ‘Paul’?

Si hubiera alguna lógica, el símbolo de todos los torneos de fútbol debería ser el ciempiés. Pero, por arte de birlibirloque y de los medios de comunicación, el pulpo ‘Paul’ terminó convertido en el animal más famoso de la Copa del Mundo, si descontamos a algunos que, escudados en su uniforme, dieron patadas salvajes a sus rivales en algunos partidos. Sin ir muy lejos, la del holandés De Jong en al pecho del español Alonso, que ha debido merecerle la expulsión del partido, del estadio, del país y del continente africano. ‘Paul’ es un ejemplar nacido en el centro marítimo inglés de Weymouth, Inglaterra, que fue adquirido por el acuario municipal de Oberhausen (Alemania). El traslado ocurrió hace dos años, cuando ‘Paul’ aún no se llamaba ‘Paul’. Le decían pulpo o, los que pretendía ser reconocidos como zoólogos, lo llamaban cefalópodo.

En las ferias rurales suele haber un señor que monta un puesto para predecir la suerte con ayuda de cientos de papeletas y un loro que extrae alguna con el pico. El procedimiento es como sigue: usted paga unos pesos al dueño del pájaro; el hombre da orden al perico de sacar uno de los papelitos del cajón; el animal trepa al dedo índice del amo y escoge, al azar, cualquier cartulina. Enseguida el viejo lee el vaticinio. Por ejemplo: “Vendrá una época de prosperidad, pero cuidado con las malas amistades”. Algo que no comprometa en exceso.

También se otorga dones de adivinación al mono y al búho, que se dan maña de escoger entre varias posibilidades prefijadas por la mano del hombre. Pero nunca antes al pulpo.

Un pulpo, que se caracteriza por tener ocho tentáculos, convertido en símbolo de un deporte donde está prohibido tocar el balón con la mano, equivale a grabar la imagen de un guepardo, el animal más veloz del mundo, en el emblema de una oficina estatal de atención al público. Pero las leyes de la celebridad son azarosas, y nunca se sabe quién se convertirá en personaje, ni durante cuánto tiempo lo será, ni qué o quién derivará beneficios de esa fama efímera. Todo es impredecible y pasajero en el mundo de los medios de comunicación.

Justamente esta incertidumbre es la que me lleva, unos días después del triunfo mundial del fútbol español, debidamente vaticinado por el pulpo, a preguntar qué ha sido de él. Había reiteradas ofertas para adquirirlo. ¿Lo vendieron? También para que se reprodujera y crease la raza de pulpos profetas, así como hay perros guardianes y toros bravos. ¿Anda de semental? Y, hablando de sementales, nunca falta el millonario extravagante que, por complacer a una dama que lo esquiva opta por regalarle un diamante fino o un octopus famoso. O el cuidador que se equivoca y, en vez echar a hervir el pulpo de desecho para el almuerzo del personal de guardia, lo hace con el que adquirió prestigio universal. Decían que la Fifa lo quería para su principal sala de espera y que cierta ciudad gallega aspiraba a convertirlo en atracción turística y eventual huésped perpetuo de su escudo. En fin: tantos peligros, tantos caminos, tantos destinos asedian al pobre pulpo, que se necesitaría otro como él para presagiar su futuro. Pero no hay otro ‘Paul’ que ‘Paul’. ‘Paul’ es único, aunque antes de poco tiempo será pasto del inclemente olvido y sus mortales tentáculos.


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