Dolorosamente se comprueba que –a pesar de las lecciones que arroja la historia contemporánea– el poder sigue haciendo perder la noción de la realidad a quienes lo ejercen. Es tal la fantasía que se arraiga entre muchos funcionarios o líderes de toda especie, que todo cuánto ellos viven gira en torno a sus deseos, sus planes y sus expectativas en aras de ser hoy más poderoso que ayer, y mañana, más que hoy.
Tan cierta resulta esta hipótesis, que la conducta de quienes no conciben correctamente el poder varía y se tornan egocéntricos, se sienten omnímodos y creen poseer –ante sí mismos y sus seguidores incondicionales– la verdad absoluta y el criterio final.
Nada se les puede señalar o increpar sin correr el riesgo de perder sus favores o ganar su represalia. Se vuelven ciegos, sordos y se les embota la inteligencia. Son dioses de acuerdo a su propia perspectiva y no dudan en aplicar cuanto recurso está a su alcance para convertirse en el centro de un universo que gira muchas veces en otra dirección, con otros objetivos y bajo otras premisas.
Es la magia negra del poder. Obnubila a quien lo recibe sin estar preparado para ello. Envalentona a quien más inseguro es. Envilece a quien carece de valores elementales. Enturbia la mente de los ambiciosos. Y destruye el alma de quienes, como cualquier mueble viejo, llenan sus gavetas de rencores, enemigos y cuentas por ajustar.
Pocos entienden que el poder y la riqueza material son pasajeros y, por tanto, deben ser usados en función de generar bienestar, procurar más poder permanente para gestionar a favor de los menos favorecidos, entendiéndose que por encima del poder existen valores, principios y tareas de interés colectivo que deben enmarcarle. Un poderoso que respete la ley y comprenda las necesidades de quienes le ven como una salvación, pasa la barrera del tiempo y se transforma en un hacedor de mejores épocas; por tanto, un ícono.
A muchos líderes de estos tiempos les queda grande el poder. Válida es esta afirmación, respaldada por los escándalos y los procesos que se gestan día a día contra quienes abusan de él y pretenden que sus acciones de hoy burlen las leyes concebidas para regirnos siempre. Desde presidentes hasta líderes religiosos, pasando por empresarios y toda suerte de profesionales, deben comprender que la ley está por encima del efímero poder, y que aunque éste les haga sentir que son el centro y razón del universo, el dominio es tan solo un suspiro momentáneo en el curso de la vida.
Quienes ejercen y califican, juzgan o fortalecen, o quienes gozan o sufren por el efecto del poder, han de estar conscientes de que por su carácter transitorio, este no define a la persona; más bien es a la inversa: es la persona, con sus virtudes y defectos, lo que condiciona el ejercicio del poder.
Si se es temerario, así será la consecuencia de los actos del poderoso; anote usted el calificativo que mejor defina a quien ejerce el poder y podrá imaginar qué uso le da al mando y liderazgo temporal. Aceptemos que en su imperfección, la ley debe ser rectora plena del poder y sus matices. Admitamos que puede haber equivocaciones en el ejercicio del poder, pero tengamos en cuenta que siempre se puede enmendar y aprender. Simple, a un más maduro y mejor ejercicio del poder, mejor país.