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Fuerza Pública

Policías: ¿militares o civiles?

En septiembre de 2004 se realizó en el Instituto de Estudios Nacionales (IDEN) de la Universidad de Panamá, una jornada de discusión y análisis crítico sobre la realidad nacional. Actividad realizada en el marco de las actividades de Análisis de Coyuntura que periódicamente organizaba el instituto. En aquella ocasión, la jornada estuvo dedicada a temas de seguridad ciudadana. Por considerarlo de interés, en momentos en que se discute el relevo de los altos mandos de la Policía Nacional, deseo ordenar algunas ideas expuestas en aquella ocasión y compartir las mismas. La mejor excusa para revivir estas reflexiones, que tienen más de 16 años de haber sido exteriorizadas es que, aparentemente, en Panamá solo cambian las fechas y los nombres, pero el libreto siempre sigue siendo el mismo y la interrogante se mantiene: los policías o “uniformados”, ¿son militares o son civiles?

De hecho, una de las consecuencias más importantes de la invasión de 1989 fue la separación entre policías y militares, que ya aparecía claramente establecida en la Ley 20 impulsada por Noriega y que creaba las Fuerzas de Defensa, pero en donde la policía emergía como un estamento subordinado.

Durante el largo debate que se inició a principios de los años 90 para crear la nueva Policía Nacional, advertimos que una constante en la controversia fue la distinción entre la institución policial y la militar, pero en un contexto de completa confusión conceptual y argumental, que estaría por evaluar si fue casual o intencionada.

En el fondo, este debate perseguía no solo la aprobación de una nueva ley para la policía. Eran importante dos objetivos adicionales: por un lado, descalificar y satanizar la idea de un ejército en Panamá y por el otro, controlar a la policía frente a cualquier peligro de militarización.

Los medios de comunicación fueron especialmente exitosos en su tarea de presentar ante la opinión pública al ejército y a la policía como dos instancias no solo diferentes sino contrapuestas. El componente “antimilitarista”, la evocación del régimen de Noriega y el lenguaje “civilista” fueron los iconos de esa confrontación.

Nuevamente hoy, cuando el gobierno recién instalado de la Patria Nueva, se plantea la necesidad de colocar al frente de la Policía Nacional a un miembro de la propia institución o a un civil con el conocimiento y experiencia para dirigir la misma, salen a relucir las voces sibilinas y agoreras que vaticinan una inminente militarización del cuerpo policial. Pero esta vez, a diferencia de los años 90, cuando se necesitaba reforzar la imagen de una policía “democrática” pero sin protagonismo e incidencia sobre los desafíos a la seguridad ciudadana y la defensa exterior, y se hacía énfasis en su radical diferencia con respecto al ejército, ahora el interés se centra en no hacer diferencia entre lo que es una institución militar y lo que es una institución policial, sino por el contrario, en entremezclar y confundir los términos, al socaire de un antimilitarismo caduco y trasnochado.

Se pretende, a estas alturas, reabrir la absurda y circular discusión, de finales de los 80, según la cual deberíamos estar debatiendo entre decidir por una opción militar o por una policial, en un país que tiene más de diez años de haber abolido el ejército.

Hoy como ayer, aún no hemos aprendido la lección de que la confrontación no es entre policías y militares, y aunque esta sea ya una discusión agotada en un país que no cuenta con fuerzas armadas, es bueno que se recuerde que lo contrario de un mal soldado no lo es un buen policía, sino un buen soldado. Lo mismo aplica para el policía.

El argumento del supuesto peligro de militarización de la Policía Nacional, pareciera desconocer que esta es una institución civil y no militar, y por muy “uniformado” que pueda ser su director, es un actor civil, no militar, por las razones ya expuestas.

En todo caso, si tenemos que estar alerta, es bueno recordar que podría ocurrir que el peligro de la militarización no provenga de los cuarteles, cuanto de factores externos no controlados o que puedan ser generados por la misma sociedad civil o por mega estrategias geopolíticas.

La historia es prodiga en ejemplos. Al fin y al cabo, la crema y nata de dictadores militares que asoló a América Latina en décadas pasadas debe su formación como tales, no tanto a las academias militares, cuanto a la curricula de la Escuela de las Américas.

El autor es sociólogo


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