Al día de hoy, la serie española Merlí lleva casi cinco años desde su estreno en la televisión catalana. Actualmente disponible en Netflix, Merlí narra la historia de su epónimo, Merlí Bergeron Calduch, un histriónico y heterodoxo profesor de filosofía en Barcelona. Según sus propios estudiantes (los “peripatéticos”), Merlí establece las bases de una nueva escuela filosófica: el “merlinismo”. Tal doctrina consiste en “la enseñanza de la filosofía de manera divertida como una herramienta práctica para conocer el mundo y mejorarlo”.
La clase de Merlí llevó a los peripatéticos por travesías del razonamiento, desde la cueva de Platón hasta las teorías de género planteadas en el Siglo XX. Para el profesor y sus estudiantes, ninguno de los tratados y postulados que estudiaban eran reglas. Al contrario, la diversidad de perspectivas sobre el mundo y las grandes preguntas de la vida, colocaba a los peripatéticos en un estado mental de perpetuo cuestionamiento. Un cuestionamiento que cruzaba las fronteras del aula, extendiéndose al plano individual, a la política y a los medios de comunicación.
¿Por qué traer a colación esta serie en medio de una crisis sanitaria sin precedentes, con consecuencias sociales y económicas que aún no podemos terminar de vaticinar? Porque en tiempos de crisis, los estímulos comunicativos que surgen son numerosos y son muchos los actores con agendas que buscan avanzar sus intereses a partir de la crisis. Entre ellos, actores privados con planillas que pagar y una reputación que mantener, así como actores políticos con iniciativas que buscan llenar su ambición.
Una comunicación efectiva es el cimiento en el cual reposan los objetivos de un actor en la sociedad. En otras palabras, la comunicación es la medida del éxito de una acción, ya sea corporativa o política. Y los que nos dedicamos a esto sabemos cómo influir y llegar a las personas, apelando a sus nociones preconcebidas y, principalmente, a sus emociones. Dicho esto, la comunicación es inerte. No es buena, ni mala por naturaleza. Pero la comunicación siempre estará al servicio de los objetivos de un actor, quien no siempre será benigno.
Y es por eso que una sociedad que cuestione constantemente los mensajes que recibe es fundamental para no solamente entender su contenido, sino el contexto en el que está circunscrito, su emisor y su historial. Esto inevitablemente lleva a una sociedad más pensante, que dialoga y que logra trabajar junta para avanzar los intereses de todos de manera justa y en el marco de la ley.
Por eso es indispensable el regreso de una formación robusta en filosofía en los currículos académicos. Con la educación en el centro del debate, merece la pena considerar llenar esta urgente necesidad social. El presidente quiere que “la estrella de la educación” permita a los estudiantes razonar, resolver problemas y trabajar en equipo. Pero esta estrella debe llevarlos también a cuestionar y a no aceptar el estado de las cosas. Lo lograremos si la asignatura que nos enseña a amar el saber es reinstaurada, respetada y celebrada.
El autor es estudiante del máster en Comunicación Política y Corporativa/Universidad de Navarra