Al igual que la tajada de jamón aprisionada entre dos rodajas de pan, la agobiada clase media masculla sus angustias entre una opulenta clase rica y una clase pobre resignada a su suerte. El empleado, la enfermera, el maestro, el micro y pequeño empresario, el obrero calificado, el pequeño ganadero o agricultor; todos ellos componen un enorme grupo poblacional estresado y rabioso. Por un lado, su anhelo de tener un estatus social difícil de sostener y por otro, su rabia reprimida al sentir que prácticamente es la clase que sostiene el enorme e ineficiente monstruo de la planilla estatal, a través de sus impuestos y todo tipo de pagos al erario público. El rico sabe cómo evadirlos y el pobre no los paga o, mejor aún, recibe subsidios sacados del bolsillo de la clase media. Para completar, nuestras micro y pequeñas empresas, generadoras del 90% del empleo nacional, son consideradas vacas lecheras a las que se les ordeña sin compasión.
Sobre los hombros de la clase media se ha puesto una carga excesiva. Su escape no puede ser hacia arriba, a no ser mediante una lotería o dedicándose a actos de corrupción y otras actividades ilícitas. Su único escape es hacia abajo, hacia la informalidad, renunciando a su estatus social, apartamento, carro, finquita, lote de playa, es decir, sometiéndose a una cruel pauperización para no hundirse en estrés y depresión.
Todo esto mantiene la clase media del planeta al borde de una crisis de nervios manifestada con agresividad, mal humor y rabia reprimida hacia todo lo que huela a político o funcionario público. Ni siquiera tenemos el poder político suficiente para escoger gobernantes, pues estos son elegidos con el dinero de los poderosos y con la incultura política de las clases más pobres.
La ironía en Panamá es que somos la mayoría de la población, pero con una increíble baja capacidad de protesta masiva. En otros países, las clases medias han explotado en las calles: la primavera árabe, el movimiento de “los indignados” en España, los chalecos amarillos en Francia, los cacerolazos en Chile, Ecuador, Colombia, todos ellos con un común denominador: hartazgo de funcionarios públicos y poderosos empresarios corruptos, desempleo, partidos políticos desacreditados, descarado robo constante al erario público, o sea nuestro dinero.
El grado de desigualdad entre los ingresos de un minúsculo 1% de individuos todopoderosos y el resto de los ciudadanos, ha llegado a un punto que hace peligrar nuestras democracias. Muchos países ya se han dado cuenta que la única salida es la instauración de un impuesto significativo a la riqueza de los poderosos, con el fin de entrar urgentemente en una etapa de redistribución de ingresos y un empoderamiento del fisco que permita hacer inversión social de calidad: educación, salud, seguridad social. Si los poderosos no se pellizcan y aceptan que llegó la hora de ganar un poco menos, entonces las airadas clases medias lo exigirán en las calles a punta de cacerolazos.
El autor es ingeniero administrador