REFLEXIÓN

El precio de una conciencia: Jorge J. Aparicio Romero

Tratando de encontrar una definición al término conciencia encontré, según la Real Academia Española, que es una “propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta”, también se define como el “conocimiento interior del bien y del mal”, es una “actividad mental a la que solo puede tener acceso el propio sujeto” y, según la psicología, es un “acto psíquico por el cual un sujeto se percibe a sí mismo en mundo real”.

Analizando estas definiciones a profundidad quiero tener una imagen clara de lo que realmente impulsa a un individuo a tomar decisiones relevantes. ¿Por qué digo esto?, porque en nuestro país el tema de la conciencia o de la falta de conciencia se ha convertido en una moda, sobre todo en el campo político, y es a este campo al que quiero referirme.

La historia ha registrado una excesiva cantidad de acontecimientos que han puesto a este país en la mira del mundo. Desafortunadamente, han sido más las causas negativas que las positivas y no solamente con los gobiernos militares, sino antes de ellos. Algunos acontecimientos de nuestra era “democrática”, aún sin resolver, han sido: la privatización de las empresas públicas, las avionetas, los durodólares, el caso Cemis, el transfuguismo político, los yates, los sobrecostos en las obras, los escándalos de corrupción que no cesan, etc. Estos son apenas algunos de los hechos que mi mente finita puede destacar; estoy seguro de que existen muchos más.

A estas actividades se le suma la actitud que toma la mayoría de las personas que, al sentir que no son afectadas, no se identifican con los hechos; peor están los que conociendo las irregularidades guardan silencio cómplice, y los que fueron parte de los aparatos de corrupción, pero nunca vieron nada, sino hasta luego de ser destituidos. ¡Qué poca moral! Al realizar un análisis estricto de las definiciones de conciencia, podríamos deducir que en realidad se trata de un aspecto de toma de decisiones que pueden ser positivas o negativas, dependiendo del cristal con que se mire; es conocimiento interior del bien y del mal, nadie podría querer el mal para sí mismo, mucho menos cuando el individuo se percibe en un mundo real, lleno de conflictos y necesidades de las que no será capaz de salir, a menos que actúe oportunamente y aprovechando cada momento de su vida. Esto quiere decir que sería imposible pensar de forma colectiva, puesto que el bien y beneficios de la mayoría pueden ser un obstáculo para el mundo en el que cada uno existe; evidentemente, podemos sacar varias conclusiones. A los políticos, por ejemplo, les aprovecharía mantener una posición firme y vertical frente al transfuguismo o la corrupción, porque esto no les causa bien o beneficio alguno. ¿Será que nunca podrán existir personas que actúen de manera desinteresada y que busquen el bien colectivo? ¿Será que toda la información con la cual somos plagados a diario por los medios de comunicación, en las que se ofrecen alternativas para un mejor país y mejor distribución de riquezas, son falsas?

Toda esa propaganda de izquierda o de derecha solo será una utopía en la que los pueblos se ven envueltos cada cinco años, y en la que cifran sus esperanzas. El resultado nunca cambiará, porque todas las conciencias deben tener un precio. Qué lástima ver cómo somos engañados con promesas incumplidas de políticos que no se deben más que a sus partidos o a los partidos a los que “saltan” en busca del bien personal o del mundo en que se perciben. Concluyo, amigo lector, ¿ha pensado usted alguna vez cuál es el precio de su conciencia? ¿Se mantendría usted realmente firme ante las cosas que cree y profesa o, simplemente, buscaría ese bien individual al que todos aspiran? Diógenes de Sínope, filósofo griego, un día en busca de hombres honestos dijo: “cuanto más conozco a la gente más quiero a mi perro”. Hoy yo diría: “cuanto más conozco a los políticos más quiero a mi perro”.

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