Llega noviembre, y la patria está revuelta. No sobran motivos para celebrar que nuestra tierra es única, con sabor criollo, afro y de los pueblos originarios, porque esta patria, sí, tiene el espíritu y los colores de las comarcas, pero hay mucho olvido programado y sobra ignorancia perversa. “¡Mi pueblo!”, diría aquel del bombín, en una mítica serie de anuncios publicitarios.
La cosa no está para celebrar nada, aunque rueda por allí un bicentenario sin sustancia (un sonoro desierto en el Miró de ensayo), que no es más que un logo, y que no enseña ni invita a la reflexión. “El peligro, como dijo el sabio Salomón, en boca del artista del bombín, está en la ahueva…” Es pregón que sí empuja a reflexionar, aunque estemos en medio de este cogenalga llamado Panamá.
Pedro Altamiranda, nos ha legado una mirada sobre nuestra circunstancia que es la más tricolor que se pueda vestir en estas fechas. Y digo vestir literalmente, porque he visto unas camisetas con sus mejores pregones, que son toda una declaración de principios. Si quieren pensar la patria durante este mes, busquen la música de Pedro y reflexionen. La vaina viene dura.
“Relevo generacional”, “Homenaje a mi pueblo”, “Panameño”, entre otras muchas, son algunas de las canciones de las que salen estos pregones vestibles. Señalan lo miserable de la corrupción, lo triste e injusto de la desigualdad, y la necedad de una mentalidad que no es la que llevó a los panameños a sus grandes conquistas. Habría que organizar una “revolución del pregón”, y llegar a las instituciones vestidos con “Aquí se ven toa clase de ratas, las hay de dos y de cuatro patas”.
“La música sabida”, decía Miró, y toca ir desescalando la patria romántica para vestirnos de la pragmática, la que piensa y resuelve, la que aprende y rectifica. Parece una utopía, pero es mi deseo absurdo para este noviembre postpandémico de bicentenario. Vístanse de patria, vístanse de Pedro.
El autor es escritor
